Para entenderlo, tenemos que poner color y sonido en la historia. Jason es un joven afro-estadounidense de origen jamaiquino con una piel color café. Las dos amigas que lo visitaron esa noche eran anglosajonas con un color de piel pálido rosado y/o anaranjado. Los desconocidos atacantes tenían también el color de piel de aquellas amigas. Todos eran adultos jóvenes. Sin duda, los colores de los involucrados determinaron el informe de la policía (los policías eran también del color de los atacantes). Imagínese el lector cuál habría sido el informe de la policía si Jason hubiera tenido el color de piel de sus atacantes y sus atacantes el color de piel de Jason. Ciertamente, los colores de piel ya habían sido el detonante de la violencia de aquella noche. Los atacantes llamaron repetidas veces ‘hijo de esclavos’ (además de otras cosas) a Jason. Por supuesto, también había un fondo sexual en la agresión. La imagen más temida por el racismo anglosajón se habría podido plasmar en esa habitación: el hombre ‘negro’ penetrando a las mujeres ‘blancas’.

















