Cuando llegué al gimnasio de la escuela secundaria de Boston que servía como centro de votación, encontré no sólo menos votantes que en la primera vuelta, también menos miembros en cada mesa. En mi mesa, sólo ejercía el presidente por todos los demás. Pero, al igual que en la primera vuelta, el hombre lucía contento, amable y conversador. Cumplido mi deber y derecho ciudadano de votar volví a la carretera. En la última hora del camino de regreso, vi los resultados de las encuestas a boca de urna vía internet. Ollanta Humala aparecía unánimemente como el ganador. Sentí un rápido alivio. Yo había creído que la cosa se definiría por un voto luego de semanas de conteos y reconteos de los votos de algún consulado recóndito en Alaska. Las siguientes horas, las noticias fueron confirmando esas encuestas a quema ropa en los centros de votación. Me sorprendió que el triunfo de Ollanta Humala sea ya indubitable antes de la medianoche del mismo día de la elección cuando una semana atrás la situación era exactamente opuesta, ¿qué pasó en el Perú en los últimos 7 días? No lo sabía, no había seguido las noticias.

















