Pensé en los electores que habían desfilado por mi mesa y me pregunté de quiénes serían la treintena de cédulas que los personeros pretendían anular. ¿De la enfermera de guardia que vino a votar primera hora? ¿De los trabajadores que vinieron con prisas y con el uniforme puesto pidiéndole permiso a su encargado español, para ir a votar a unas elecciones peruanas? ¿De los dos jóvenes que vinieron a votar con el pie enyesado y andando con muletas? ¿De los humildes trabajadores con apellido quechua que me entendían malamente? ¿De la chica morena desdentada y con un niño, retrato de la exclusión social, que votaba por primera vez? ¿De los que viven en pueblos y que fueron a votar tras cuatro horas de viaje en autobús hasta Madrid? ¿De quién serían esos votos? No estaba dispuesto a admitir que se tiraran a la basura los votos de gente que hizo el esfuerzo de ir a votar en las afueras de Madrid, un soleado domingo de primavera. Con el acuerdo de los tres miembros de mesa, fuimos validando esos votos discutidos. Yo ya había explicado mi posición a los personeros de Perú Posible y Solidaridad Nacional quienes no pusieron mayores objeciones. Pero entonces, un personero de Humala llegó al recuento y nos exigió que los anuláramos. Le respondí que sólo iba a dar por nulos los votos comprendidos en los cinco casos del manual. Ningún caso más. Además eran votos que iban para todos los partidos, no cabía hablar de favoritismos. El nacionalista, contrariado pidió la presencia de más personeros y llamó, como si fuera una autoridad, a una chica de la ONG Transparencia. Se formó entonces una collera delante de la mesa que me conminaba a anular esos votos. Yo defendía mis argumentos como gato panza arriba mientras la pituca de Transparencia me exigía que no levantara la voz. Y yo sin bajar mi tono de voz –faltaría más- les dije que no iba a tirar los votos de esos electores.