A esta hora, Manhattan es un enorme robot y en sus venas metálicas de metros y ascensores se aglutinan millones de incansables creyentes en esa Babel temida por arcaicos profetas. Tomas el atajo del subsuelo. Los gritos de hierro de los vagones te enmudecen. Sin voz, despierta el pensamiento pospuesto una tarde lejana sobre el río sin orillas de Borges, el tiempo. Sales a la superficie y vuelves al pensamiento usual sobre los ríos profundos de todas las sangres de Arguedas. Sus aguas también pasan por Manhattan. En una esquina, un cartel anuncia la medicina de la flora amazónica estudiada durante milenios por los chamanes, ¿estás en Iquitos? En la siguiente esquina, otro aviso informa de los servicios espirituales de un santero, ¿estás en la Habana? Sobre un espacio delimitado por la geometría compacta del cemento ensayas tu libre albedrio y giras hacia East Side.