Yo había escrito mi artículo sobre la homosexualidad en el Colegio Claretiano motivado por lo que le sucedió a un amigo de 3er grado de secundaria. Él me había contado que un estudiante de 2do grado le había entregado una carta de amor. En aquellos años el colegio era sólo de varones y predicaba a voz en cuello una doctrina machista de inspiración franquista y católica a través de sus curas y regentes de disciplina. Éramos unos medievales y yo creía que la homosexualidad era una enfermedad psicológica curable. Ofuscado por el atrevimiento, mi amigo había roto la carta y quería agarrar a puñetazos a su admirador. Él me señaló con el dedo al autor de la carta a la hora de la salida. Era un muchacho menor que nosotros que revoloteaba alegremente por un colegio de 2000 estudiantes varones sin imaginarse la manera tan atroz como la vida lo trataría después. Este pobre muchacho casi fue asesinado a golpes por un tío, que habiendo ido a visitar a su familia, lo encontró en casa con otro joven como él. El tío pensó que con una buena paliza podía ‘enderezar’ al sobrino y casi lo mata. Poco después, antes de llegar a los 30 años, este joven murió posiblemente de SIDA. Esto lo supe, por una enamorada mía que resultó ser su prima.
Mi reingreso al Claretiano se produjo bajo un pretexto ajeno a este lío. El regente de disciplina Vargas y algunos profesores sabían que se estaba cometiendo una injusticia conmigo y para remediarla hicieron uso de una argucia. Como Vargas era también el entrenador de la selección de medianos de fútbol del colegio, todos ellos persuadieron al padre Bernal de que yo era un jugador importante para el equipo y le pidieron que me perdone; cosa que Bernal hizo pues nada le importaba más que la buena reputación deportiva del colegio. Visto todo esto con la distancia de los años, creo que continuar en el Claretiano no fue ningún beneficio para mí. Pero uno no puede saber lo que le conviene cuando tiene catorce años.
Al hermano Mansen lo conocí hacia finales de mi 3ro de secundaria. Los más palomillas de la clase habíamos comenzado a romper bárbaramente las reglas del colegio. Llevábamos alcohol y pornografía que compartíamos en los minutos de cambio de profesores. La noticia llegó a los oídos del regente Vargas y del hermano Mansen pocas semanas después. Un día, mientras todos jugábamos en el patio de recreo, Vargas y Mansen hicieron una revisión secreta de carpetas y mochilas. El resultado final de la pesquisa fue una botella de Whisky de 0.75 l. y una revista Play-Boy. Cuando regresamos del recreo, Vargas entró a llamar uno por uno a los poseedores de ese material: “Valdiviezo, a la oficina del hermano Mansen”. Cuando pasé por su costado me dijo: “Te jodiste Negrito”
El hermano Mansen había sido encargado de coordinar las actividades de las diferentes selecciones deportivas del colegio y tenía una oficina muy cercana a la de la dirección. Cuando entré a la oficina, me recibió sonriente. Me hizo tomar asiento en una silla frente a su escritorio: “Sabes, encontramos algo prohibido en tu mochila” –“Si padre, yo…” –“No soy padre todavía. Soy hermano, pero puedes decirme Antonio” –“La revista es de mi Papá” –“Se va a molestar mucho cuando se entere”. Abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó la revista, la puso sobre su escritorio y comenzó a hojearla: “Esto es muy grave. Dime, ¿qué vas a hacer para recuperarla?” –“Nada” –“¿Nada? Bueno se quedará aquí hasta que se te ocurra algo”. Salí de su oficina temblando. Yo no tenía en la mente un claro concepto de lo que había pasado en esa conversación. Sentía miedo y furia a la vez.
Luego, amigos que tenían amigos en la selección de baloncesto del Claretiano me contaron que la revista estaba a disposición de los jugadores que visitaban su oficina. A los pocos meses, Mansen fue ordenado sacerdote. Años después, cuando suspendí mis estudios universitarios de filosofía y viaje a Trujillo volví a cruzarme con Mansen. Yo caminaba por una calle del centro de Trujillo cuando vi un grupo que salía de una cantina con dirección opuesta a la mía. Mansen iba al centro de ese grupo de beodos, caminaba como si fuera el líder aunque no estaba en condiciones de reconocerme. Sentí desprecio por él. Todos ellos tenían la traza de haber trasnochado. Yo me imaginé que ya lo habrían votado de la orden claretiana y que por ello se dedicaba abiertamente a la vida libertina, que después de todo parecía ser la única que le era afín. Sin embargo, en los primeros años de los 90, un compañero de promoción me contó que Mansen había sido nombrado representante de la Orden ante el Vaticano y que….(Continuará)