Dedicado al cura Rivas por la paciencia teológica con que aguantó todas nuestras jodas en aquellos años de vandalismo.
“Lo más temible de la vida es que la realidad siempre supera a la ficción”
Alcohólico anónimo en el bar Cordano el 8 de mayo de 1985.
Cuando cursaba el 3er año de secundaria fui expulsado del colegio. El director del Claretiano, el padre Bernal, llamó a Maldonado, Elizalde y a mí a su oficina. Nuestra primera falta había consistido en haber sacado a la luz una nueva edición de nuestro periódico mural sin haber pasado por la censura del profesor de lenguaje, el señor Pando. La segunda era haber robado (al profesor Pando) y copiado la llave del candado del periódico que cerraba las dos hojas de vidrio que lo protegían. No estoy seguro si el autor de esa audacia fue Maldonado o Elizalde, pero lo cierto es que los tres andábamos mortificados hacía semanas con todas las limitaciones que el colegio imponía a nuestra joven libertad de expresión. La tercera (la causante de la furia del director) era la publicación de un artículo anónimo en el que se señalaba la existencia de estudiantes homosexuales y la necesidad de darle un tratamiento psicológico a esos casos. Maldonado, Elizalde y yo, colegiales y miembros del comité editorial, teníamos que confesar quién había escrito ese artículo. Nosotros habíamos jurado no delatar al autor y (con esa lealtad que uno puede mantener cuando aún no ha sido corrompido por la sociedad adulta) cerramos filas con la inverosímil historia de que el artículo había aparecido entre el manojo de artículos del periódico.
Frustrado con nuestra obstinación, el padre Bernal iba subiendo el tono de sus amenazas mientras se revolvía en su sillón giratorio y acolchado. Su sillón me llamó la atención, pues se adecuaba a cada movimiento del padre. Era muy distinto de la tabla de madera sobre la cual nosotros teníamos que sentarnos en el salón. Además, nuestro respaldar era la carpeta de lata del compañero de atrás. El más jodido parecía ser el ‘Inca’ Yupanqui pues, debido al orden alfabético, a él siempre le tocaba la pared de ladrillos como respaldar. Pero, el ‘Inca’ prefería contemplar todo el valle desde su esquina real sin tener que cuidarse las espaldas. Nada lo habría entristecido más que la llegada de un Zapata que lo hubiese removido de su cumbre. Y pobre el que se acercara a husmear su territorio liberado, pues se podía ganar un guaracazo; como lo supo Terry el infortunado día que quiso darse una vuelta por esa esquina.
El padre Bernal, con la cara de color camarón, levantó la voz: “Los tres están expulsados”. Yo miré a Maldonado y Elizalde, había dolor y honor en sus rostros. Me sentí profundamente agradecido y dije: “Yo lo escribí. Ellos no lo sabían”. El padre me miró con el odio de un inquisidor: “Idiotas, se iban a ganar la expulsión por encubrir a este delincuente. Váyanse al salón”, les dijo a mis compañeros. “Así que tú lo escribiste. A mí no me engañas, ¿quién te dio el artículo?”. Yo me sentí confundido. Aunque mis notas siempre fueron mediocres, yo era el autor de cada línea de ese artículo. El padre me preguntó cuál de los miembros de la asociación de padres de familia me lo había dado y como yo defendí mis derechos de autor, me expulsó. Minutos después, escoltado por el regente de disciplina Vargas, entré al salón de clases a recoger mi mochila. Mis cincuenta compañeros guardaron un silencio compasivo: “Lo botaron al ‘Negro’”.
Llegué a casa antes del mediodía y le conté a mi madre lo sucedido. Le dije además que el padre Bernal había dicho que en unos días ella podía pasar a recoger mis papeles para buscar un nuevo colegio. Yo me sentía un precoz desterrado político. Mi madre fue al colegio a los pocos días y se enteró que había un problema entre la directiva de padres de familia y el padre Bernal debido a la conducta dudosa de un joven religioso, el hermano Mansen, de quien se sospechaba tendencias pederastas. Yo nunca había escuchado de ese lío ni había visto a ese hermano. Continuará…
Nunca dejo de sorprenderme de la violencia vivida en un colegio catolico de varones, como muchos otros. Cierto que la realidad supera la ficcion. Espero la segunda parte.
…qué coincidencia…justo ayer vi de nuevo, esta vez junto a mis hijos “La mala educación”, de Almodóvar, estremeciéndome por las confianzas traicionadas.
No deja, en medio de otros tantos asuntos, de ser un tema atingente, con el Vaticano defendiendo el celibato,
y toda la prensa distraída con algunos de los casos conocidos de pederastia en las escuelas católicas, esta vez en las tierras natales del Papa de nuestros días…
Luis, de joven llegué a pensar que la escuela regida por padres españoles era una extensión de la colonización que sufrimos y de la cual nuestra generación estaba condenada a continuar. Recibí el castigo del Inca por invadir sus dominios pero entiendo que esos son los golpes de la vida – “Hay golpes en la vida tan fuertes… !Yo no se!” De esos que “abren zanjas oscuras en el rostro mas fiero…” No sucumbiste ante el subyugo psicológico de tu inquisidor y los años demuestran que tampoco ante su censura. La precocidad en tu destierro fue una de esas “caídas hondas de los Cristos del alma” al defender tu postura. La historia que relatas es algo que ahora “el destino blasfema”, pero recordemos que “todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada.”
Saludos.
Nunca dejo de sorprenderme de la violencia vivida en un colegio catolico de varones, como muchos otros. Cierto que la realidad supera la ficcion. Espero la segunda parte.