A Fulgencio, la permanente sonrisa se le había escapado hacia ya mucho tiempo de la cara. Manejaba su auto distraído por la súper carretera 91 viajando de Hartford a New York. La vía estaba congestionada como siempre, llena de autos y choferes cansados de viajar en tropel y a solo diez kilómetros por hora. Conducía apenas prestando atención para no chocar, preguntándose por enésima vez en los últimos quince años, ¿qué carajo hacia allí?
Había llegado a ese país de ensueño escapando de una severa crisis económica y política de su país, que luego había desencadenado en una guerra. Pero que a los pocos años de su arribo se resolvió. Hacia tiempo que hubiera podido regresar a su patria, ejercer su profesión, claro que no ganaría lo que ya estaba ganando en la poderosa nación, pero tendría la sonrisa a flor de piel, como antes. Las mejores cosas de la vida, las buenas de verdad, no las consigue el afán de consumo desorbitado que aquejaba a todos por igual en la gran nación que lo albergaba. Ya no era cubrir sus necesidades básicas y desarrollarse en un ambiente de moderación, sino mas bien una encarnizada lucha social de apariencias.
Una lucha donde desgraciadamente el ser humano había pasado a un lugar secundario reemplazado por casas, autos, propiedades y bienes. La esencia misma de una persona virtudes, inteligencia, honor, talento, incluso el amor eran irrelevantes si no producían un provecho económico. Recordó una frase que escuchó en una misa, hacia ya mucho tiempo, cuando todavía iba: “Vi mendigos vestidos como reyes y vi también príncipes vestidos de mendigos”
Definitivamente su esposa y sus hijos eran su motivación primaria. Se desvivía por ellos, siempre. Por los niños desde que eran pequeños hasta al son de ahora que ya cursaban estudios universitarios. Lamentablemente el sistema los envolvió. Las enseñanzas del padre de una vida moderada que a él le habían inculcado se esfumaron en la búsqueda del mejor auto, la mejor computadora, la mejor casa. Desestimando lo que ya tenían en un afán ciego de “prosperar”.
Fulgencio fuerte y trabajador empezó a sentir la pegada física y emocional de tanta sin razón. Se dio cuenta que si en esos quince años no hubiera habido en algunos de sus familiares y amigos la misma conexión, para ver las cosas a la luz de lo que él llamaba la realidad real, haria ya tiempo que hubiera enloquecido o sufrido un ataque de apoplejía.
Sin embargo hacia un año que el afán enardecido de poseer que aquejaba a sus seres queridos, lo habían afectado seriamente. Su familia ya no compartía como antes, había cosas más importantes que hacer para “progresar”. Muchos de sus amigos, de verdad, habían sido tragados, al igual que él, por el sistema ineludible.
Tenía que conseguir más para pagar cosas que no eran necesarias. Robar el tiempo a las tres pasiones que lo mantenían vivo a los cuarentaicinco años de edad: leer, escribir y jugar un buen partido de fútbol.
–¿Qué carajo hago acá?– Se volvía a repetir una y otra vez Fulgencio manejando a recoger una mercadería para su negocio. Sonó su teléfono celular.
–Aló, Fulgencio.
–Si. Pedro, como estas.
–Bien Chochera, ¿qué pasa, estas perdido?, te invitamos a jugar y siempre estas ocupado, antes peloteabas aunque sea una vez a la semana.
–¡Bien que quiero ir, pero ya sabes la chamba, la familia!
–¡Pero tienes que pensar también un poco en ti!
–Ya quisiera brother, pero así son las cosas
–De todas maneras te aviso, jugamos el jueves, a las cuatro, en East Hartford.
–Trataré de ir amigo.
–Eso espero, Fulgencio, eso espero, nos vemos.
Fulgencio colgó y las imágenes de partidos de fútbol (le dicen soccer aquí) pasaron por su mente. Desde que era niño jugaba en su barrio, en su colegio. Y cuando quería jugar, y no estaban sus amigos, iba a la cancha más cercana y con sus zapatos de juego en la mano se sentaba a ver el partido. Al poco rato alguien le decía, “ ¿quieres jugar flaco?”.
Así de fácil era la cosa. Afortunadamente desde que emigró siempre había encontrado amigos para jugar. Ellos al igual que él usaban el fútbol para perpetuar su vivencia de la patria lejana, y al mismo tiempo como carta de presentación para conocerse entre ellos. Eso es el fútbol, un “idioma” universal, que une a todos los países del mundo, sin excepción.
El jueves trabajó desde temprano se preparó para ir a jugar el partido tantas veces postergado. Hacía tiempo que se sentía mal, se agitaba, a veces se le cortaba la respiración, tenía palpitaciones, caminaba despacio. No le importó, “si algo me pasa que me pase haciendo lo que más me gusta”, pensó. También había estado leyendo y escribiendo mucho en los pasados días, robándole horas al sueño. Publicaba sus cuentos en un periódico local y aunque no le pagaban ni de lejos lo que merecían sus cuentos, le daban al menos la ilusión que tiene todo escritor, más aún que la remuneración económica: ser leído.
El jueves llegó temprano a la cancha, no había nadie.
–Aló Pedro, estoy en la cancha y no hay un alma.
–¡Qué sorpresa Fulge, pensábamos que no vendrías! Ahí vamos ya, todos los muchachos confirmaron su asistencia, anda calentando, desempólvate.
Fulgencio se rió en silencio, desempolvarse, botar la polilla, sacar el oxido. Todos los que vendrían tenían entre 18 y 29 años. Al lado de ellos él era una reliquia pero jugaba y corría al ritmo de ellos, que lo habían llegado a apreciar y siempre lo llamaban. Claro que no era una súper estrella, pero ponía el corazón en el juego, vivía el partido.
Llegaron los muchachos, mientras calentaban Fulgencio sentía fatiga, pero no se retiraba, la bola salió fuera de la cancha y cayó en medio de un charco formado por las recientes lluvias. Fulgencio fue a traerla, la sacó y al devolver la pelota al campo pateó tan mal que ésta volvió a caer al charco. Los muchachos se rieron y le dijeron de todo. Él lo tomó con calma, la edad serena los ánimos.
Comenzó el partido. Se olvidó de todo marcó a los delanteros, atacaba y disparaba a la portería contraria, estaba en todas partes.Pateaba desde todos lados al arco hasta que entró su primer gol, se le escapó de entre las manos al arquero por la fuerza del disparo. Luego de una media hora disparó un violento remate, en primera, que tras pegar al travesaño entró al arco, segundo gol, un golazo.
–Fulgencio, qué lechero que eres, fue una jugada de suerte, un champazo. Te apuesto que no haces más goles –le dijo Rigoberto que no pudo evitar el tanto y hablaba más con el hígado que con el corazón
Veinte minutos después Fulgencio recibió un pase por alto hizo un amague, los defensas pasaron de largo y disparó a espaldas de todos, su tercer gol.
–¡Y que dices ahora Rigoberto!–exclamó Fulgencio.
El muchacho que tenía la mitad de años que él, calló y siguió jugando.
El partido se puso emocionante el marcador cambiaba rápido a favor de uno y del otro equipo, hasta que igualaron 6-6. A Fulgencio todo el malestar se le había ido, bajó a su área y defendió el empate con los dientes.
Habían jugado más de dos horas y hubieran jugado más de no ser que la noche llegaba a pasos agigantados y apenas si se distinguía el balón.
Se sentaron a comentar el partido aunque hacia frío no lo sentían la jornada había sido ardiente.
Fulgencio se sentía rejuvenecido, siendo aceptado y felicitado por la jornada que le pagaba haciéndole pasar el malestar que lo había aquejado por tanto tiempo. A la vez le devolvía la comunicación con el mundo real. Mundo donde existe la camaradería antes que la individualidad.
Pero ese partido de fútbol, al igual que las lecturas y los cuentos que escribía lo habían regresado a la vida. Pensó en las cosas que por su simpleza pasamos inadvertidas cada día: El amanecer, los árboles llenos de aves cantoras, la sonrisa de un niño, la mirada de un joven y una joven enamorados, el amor incondicional de un padre y una madre, el sol la luna y las estrellas, la naturaleza entera, el ser humano en su verdadera dimensión creadora.
Fulgencio se sintió reconfortado manejando a su casa, estaba curado, las tensiones que se habían acumulado sobre su espíritu y que lo hacían sentir enfermo, se desvanecieron al haber compartido con sus amigos, las cosas buenas que tiene la vida.

Buen cuento Pablo… me hace recordar mis primeros años en Virginia cuando con mis amigos griegos, salvadoreños y de otros países jubabamos fútbol en una canchita de la ciudad de Fairfax… ¡¡HACE AÑOS LUZ!! que no juego un partidito, ni siquiera una pichanguita.. creo que hace por lo menos más de una década…
Una forma de ver la vida positiva…pero si la vida fuera así de fácil, jugar un partido de fútbol y con eso borrar los sinsabores del día a día, la oscuridad del invierno europeo, la discriminación de las madres que recogen a sus hijos y te ven con el rabillo del ojo, y por supuesto no te saludan porque no tienes el cabello rubio o porque no bajas de una cuatro por cuatro. En fin…hay momentos divinos que te sacan de cualquier fase depresiva, y hay que saber encontrarlos. Gracias Pablo
Pablo, me gusto mucho tu cuento. Quien sabe y un dia cercano nos reunamos la gente del Quinto Suyo para jugar una pichanguita. Amigos, he estado muy ocupado pero siempre entro a leer sus cuentos y articulos. Pronto me pondre al dia y publicare algo. Saludos a todos. Roberto
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