El Quinto Suyo

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De las Cenizas como el Ave Fénix (Cuento)

por @ 7:23 pm en diciembre 7, 2009. Tags: , , , , ,
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A Juan, María e hijos

 

–¡Rápido rápido, bajen!–gritaba Jacinto frenético, el humo y el fuego comenzaban a rodearlos.

El reloj marcaba las doce y media era una madrugada de un Abril en Hartford, Connecticut. Su esposa Margarita y su hijo Jaime de quince años se abrazaban a él que los guiaba en medio del infierno en que se estaba convirtiendo su departamento del tercer piso. Apenas podían ver y respirar, pensaron que morirían muchas veces pero el recio padre, de una raza que no se rinde, prácticamente los arrastró y tuvo el temple de golpear con todas sus fuerzas la puerta del segundo piso.

–¡José, José! ¡Fuego, fuego!–no hubo respuesta.
–¡José, carajo se queman!–seguían sin contestar, intentó forzar la puerta, no pudo estaba con llave y era de madera noble, el humo se hizo más intenso.

Abrazó a su esposa e hijo y prosiguió el descenso. En el primer piso encontraron a don Federico, octogenario, que yacía en el umbral de su puerta. Entre los tres lo levantaron y lo sacaron al aire de una madrugada aún muy fría de primavera, y tan solo cobijados con sus pijamas.

–¿De qué piso vienen?–les preguntó un bombero que recién llegaba con su compañía.
–Del tercero–respondió Jacinto agitado y tosiendo, tocamos fuerte en el segundo pero nadie respondió y en el primero solo vivía don Federico, aquél que están poniendo en la camilla.
–¿Quién vive en el segundo piso?– preguntó el bombero.
–Una pareja con sus tres hijos pequeños– respondió Jacinto.
–De prisa muchachos– gritó el oficial– puede que encontremos una tragedia.

Los bomberos estaban rompiendo puertas y ventanas y haciendo agujeros en el techo para que escapase el humo. Pusieron una escala y protegidos por potentes chorros de agua entraron por la ventana al segundo piso, de donde salía una fuerte humareda. El primero que entro tuvo que contener el asco, se olía un fuerte olor a carne quemada.

¡Busquen rápido!–gritó el oficial. El humo dificultaba la visón, uno de los bomberos encontró un cuerpo junto a la puerta de salida. Era un gran perro Labrador, lo envolvieron en una manta y lo sacaron
–¡No hay personas, abandonen el edificio, se puede desplomar!–rugió el oficial, en medio de la oscuridad que era cortada por los potentes haces de luz de sus linternas.

Al otro lado de la calle Jacinto y su familia veían como el fuego consumía todas sus pertenencias documentos, muebles, artefactos. También la colección de trajes típicos, con la que a través de muchos años había representado como embajadores de buena voluntad a su añorada tierra peruana. Igualmente ardía su inmensa colección de fotos y artículos de sus danzas, por las que se negaban a recibir pago alguno. “Nuestro pago es que las personas gocen de nuestra cultura a través de nuestras danzas”, era siempre la respuesta que daba Jacinto cuando era interrogado por sus honorarios. Pero siempre era un honor para el que le dieran fotografías de sus actuaciones y diplomas de reconocimiento.
El tercer piso comenzaba a desplomarse ante los aterrados gritos de los concurrentes que se habían congregado, pese a que ya eran casi la una de la madrugada. Por la mente de Jacinto pasaban sus actuaciones en el Consulado, el Capitolio, la Alcaldía, bibliotecas, la Catedral y las Iglesias San Pedro y Santa María e innumerables otros lugares donde el público se había deleitado con los bailes típicos en los que él y Margarita ponían lo mejor de ellos.

Sin hogar y sin ninguna pertenencia, comenzó el calvario para Jacinto y su familia. Ninguna institución municipal o estatal les brindo ayuda por que ganaban un poco más de lo que se considera el nivel de pobreza y algunas agencias de bienes y servicios paradójicamente le seguían cobrando pese que la vivienda que alquilaban ya no existía. Fueron días duros. Su hijo Jaime se rehusó a ir al colegio en sandalias y con ropa que le habían regalado y le quedaba grande, pero al final fue. Sus compañeros, profesores y el director se portaron muy bien con su familia. El hijo mayor Enrique acompañó a su padre a trabajar y dejo en espera sus estudios.

A los tres meses de estos sucesos, Teodoro, un joven periodista, pero con más ambiciones de ser escritor, llamó a Jacinto para que participara en las fiestas patronales de su parroquia, como lo hacia cada año. El teléfono lo transfirió a un nuevo número.

–Aló ¿Jacinto? ¿Cómo estas hermano?
–¡Hola Teodoro, Gracias a Dios, todavía vivo!
–Ya, esta bien que sea ingrato, y que casi solo te llamo para que participes en los eventos, pero no me digas así. Sabes que te estimo a ti y a tu familia
–¿No sabes lo que nos paso?
–No ¿qué fue?
–Se quemó mi apartamento.
–¡No friegues! ¿Cuándo?
–Hace casi tres meses.
–¡Tu esposa, tus hijos!
–Gracias a Dios estamos bien.
–¿Dónde vives ahora?
–En la calle Franklin número….
– ¿Estas ahí?
–Sí.
–Te veo en una hora.

Jacinto y Margarita recibieron a Teodoro, se sentaron en los pocos muebles con los que habían comenzado de cero, otra vez a rehacer su vida.

–Como te decía Teo, gracias a Dios estamos vivos, perdimos todo menos la vida.
–No lo sabia, hubiera venido antes ¡no lo sabia hermano!, ¡perdóname!
–No te excuses, perdimos toda nuestra lista de teléfonos, quedamos sin contactos.
– ¿Cómo paso?
–Estábamos durmiendo, Enrique estaba en un retiro, y afortunadamente Jaimito se había quedado jugando Play Station hasta muy tarde y notó que se fue toda la energía eléctrica. Un corto circuito en el sótano había comenzado el incendio. Nos despertó asustado. En la oscuridad conseguí mi linterna, abrí la puerta y entró el humo ¡salimos con las justas! siempre lo reñía para que dejara de jugar tan tarde y se acostara ¡mira, si no hubiera estado jugando todos hubiéramos muerto!
–Tranquilo Julián y ¿qué paso después?
–Muchas organizaciones nos negaron ayuda , pero otras nos ayudaron mucho como La Hermandad del Señor de los Milagros, la Cruz Roja, muchas Iglesias donde actuamos, la escuela de nuestro hijo Jaime y muchas personas particulares y mis hermanos que me dieron posada cuando no tuve donde ir.
–¡Saldrán adelante hermano! Cuando yo tenía nueve años paso algo similar con mi familia salimos al cine y cuando regresamos los delincuentes se habían llevado absolutamente todo, según los vecinos en dos camiones de mudanza. Mi padre estacionó el auto y persiguió al último ladrón que corriendo se perdía en la oscuridad y que para no ser atrapado le disparó. Afortunadamente no lo hirió, quedamos mis padres, yo y mis tres hermanos pequeños sin ninguna pertenencia, pero vivos, eso es lo principal hermano la vida es un regalo irremplazable de Dios, lo demás se puede recuperar.
– Gracias por tus palabras Teito.
– También tu situación me hace recordar la leyenda del Ave fénix.
–¿Qué ave es esa?
– El Ave Fénix es un mito que estimuló varias doctrinas y concepciones religiosas de vida después de la muerte, pues el Fénix muere para renacer con toda su gloria. Fue citado por los sacerdotes egipcios y griegos, por escritores latinos, papas y santos cristianos. En el Egipto de los faraones fue asociada a las crecidas del Nilo, a la resurrección, y al Sol. El Fénix ha sido un símbolo del renacimiento físico y espiritual, del poder del fuego, de la purificación, y la inmortalidad. Se decía que sus lágrimas curaban las enfermedades
– Que interesante Teito, me fascina esta historia pero ¿qué tiene que ver con nosotros?
– El Ave Fénix o Phoenicoperus, en griego, es un ave mitológica del tamaño de un águila de plumaje anaranjado, rojo y amarillo incandescente, de pico y garras formidables. Era un ave fabulosa que se consumía por el fuego cada 500 años, y una nueva y joven surgía de sus cenizas. Según algunos mitos, vivía en una región entre Asia y África.
–¡Ya entiendo tu comparación! sí hermano saldremos adelante ¡de las cenizas, como el Ave Fénix!

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