LA RUBIA DE LA ESTACIÓN
Desde hace más de un año la veo todos los días, de lunes a viernes subiendo al metro. Yo subo en la estación de Vienna, como siempre ensimismado en mi mundo cuadrado, caminando meditabundo entre la marea de gente apurada por llegar a su destino, sin saber cual es el mío. Esperando que algún día llegue la musa que encienda la llama apagada en mi corazón.
Soy tímido y no me atrevo a hablarle. Sube en la estación de West Falls Church, me mira. Desvío la mirada y me hago el indiferente. Es metódica como yo, siempre ingresa al tercer vagón y se sienta en el mismo lugar, frente a mí. La miro detenidamente, sus delicadas facciones me inspiran a dibujarla, a escribirle, a llenar un álbum completo solo con fotografías suyas. Sus ojos verdes esconden una mirada triste. La juventud y la tristeza no son compatibles, pero ella es triste. A veces sueño despierto y alucino hablarle, presentarme y decirle mi nombre para que sea el único nombre que memorice por el resto de su vida. A veces la imagino sonriendo indiscreta después de haberle susurrado secretamente en el oído palabras de amor y seducción. Pero nada de eso sucede, sigue muda escuchando en su i-pod las canciones de Kurt Cobain.
Nos bajamos en la estación del Metro Center. Ella toma su camino y yo el mío. He intentado seguirla varias veces, pero cuando voltea a mirarme desvío mi camino haciéndome el distraído o me detengo a mirar el reloj como si hubiera olvidado algo importante. Su cabello largo y rubio avanza rebotando sobre su espalda revoloteado por la suave brisa del amanecer gris de otoño en Washington DC. Elegantemente vestida de ejecutiva con falda hasta la rodilla y zapatillas tenis desaparece de mi vista al doblar la esquina de la calle 14 con la Pennsylvania. Camino hasta mi trabajo atravesando pequeños parques llenos de hojas secas cubriendo jardines grises que hasta hace poco fueron verdes e imagino a mi musa rubia caminando tomada de mi brazo levantando a su paso las hojas muertas que alguna vez tuvieron vida, jugando con ellas sonriente mientras voy escuchando a Mikel Erentxun en mi i-pod entonar los versos de antaño:
Muere un árbol y es conducido a los infiernos de un libro con toda dignidad
Pero muere un hombre y no es capaz de hallar ni un solo infierno desocupado…
De pronto dentro de mi distracción siento su mirada, veo a mi alrededor y la encuentro ahí a lo lejos, parada en la esquina de enfrente, triste, esperándome, las lágrimas ruedan por sus mejillas rogando un poco de consuelo, gritando por un abrazo. Trato de cruzar la avenida apurado pero la luz del semáforo ha cambiado a verde y un ómnibus del Metro Bus me impide el paso. Cuando llego a la esquina ya no está, trato de seguir el aroma de su perfume pero la brisa me juega una mala pasada y se me pierde. Si tan solo le hubiera hablado, quizás ahora estuviera feliz y sus lágrimas no serían de pena sino tears of joy.
Aprendí a leer tus páginas en blanco y aprendí a entenderte sin hablar
Pero los espejismos se desvanecen, si solo se tocan por curiosidad
Deja que te quiera sin reservas, deja que te quiera otra vez, a pleno sol sin nada que temer…
Escuchando a Mikel llegué a mi trabajo. No me pude concentrar, solo esperaba la hora de la salida para volverla a ver, hablarle, abrazarla y decirle miles de cosas, todas esas cosas que tenía pensadas desde hace más de un año.
Camino apurado a la hora de la salida rumbo al Metro Center, miro a mi alrededor buscando su mirada pero no la encuentro. Tropiezo con un tumulto de gente al llegar. El servicio de la línea naranja ha sido suspendido. Lástima, tendré que esperar un día más para hablarle, contarle mis secretos y temores y decirle lo que siento para finalmente unirnos en un abrazo infinito. No me hace falta besarla, con el abrazo es más que suficiente para mí, valdría más que mil besos. Marco el paso hasta la estación del Smithsonian para subir a la línea azul que me lleva hasta la conexión rumbo a casa. Miro el reloj y por primera vez en mi vida deseo que el día se acorte y tenga menos horas. El nerviosismo me hace perder el apetito y me acuesto sin comer pensando en el mañana. Doy vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, me siento prisionero, derrotado.
Entre la penumbra de tinieblas enciendo el i-pod y con los audífonos en mis oídos trato de dormir escuchando a Mikel cantar:
Prisionero, derrotado, en la noche no soy yo
Desvelado, delirante, en tus sueños quién sino yo
Rara vez, la flor permanece
Rara es la vez, que vuelve otro abril…
Temprano por la mañana camino con premura para no perder el tren de las siete. El tren se detiene en la estación de West Falls Church pero ella no sube, me levanto de mi asiento y miro por la ventana, pero ella no está. ¿Quizás llegó tarde y subió a otro vagón? Recorro los pasillos de un vagón a otro buscando su mirada con desesperación hasta el último vagón. Cansado y con el corazón a punto de estallar me siento al lado del viejo que lee el diario con desgano. Se levanta para bajar en la estación de Rosslyn dejando detrás la sección Metro del Washington Post. Leo el titular del encabezado: Joven mujer se lanza a los rieles del tren en el Metro Center. No la volví a ver ese día, ni el siguiente, ni el siguiente, ni el siguiente…
Cuando desperté de aquel mal sueño, la rubia dormía plácidamente desnuda a mi lado, con una gran sonrisa en los labios. En los parlantes del estéreo se escuchaba a Mikel cantando bajito:
Hasta ayer… no sentías nada en tu corazón oh oh oh
Hasta ayer… todo el tiempo transcurrido fue peor, fue peor
Otra ciudad
Ante los dos despierta
En la próxima estación…
un saludo de un amigo y me parece bastante interesante tus lineas de la
la forma como escribiste el cuento ten por seguro que personas con tu
talento son pocas bueno sigue inspirandote y sigue adelante un amigo que
gustoso desearia otro cuento tuyo estimado amigo ALFREDO, mis saludos una vez
mas y hasta la proxima.
Excelente. A veces no solo es cruzar una calle sino cruzar cordilleras y paises para decirse lo que debe decirse.
Un cuento muy sensual y erotico, tal vez…?? que SORPRESA!!! que
bien escondido tenias esta nueva faceta.
Que pena para los lectores masculinos, que solo haya sido
ficcion la Rubia de la Estacion, ja ja,
Chau
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Chau
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