El Quinto Suyo

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La Utopía de Nicomedes, Cuento

por @ 2:33 pm en octubre 17, 2009. Tags: , , , , ,
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Mención de honor en el Concurso Internacional 2008 del Instituto de Cultura Peruana (Miami).Nicomedes_Santa_Cruz.jpeg

 Volví a la Plaza Manco Cápac en busca de una respuesta definitiva. Seguí la línea imaginaria que marcaba el índice de la mano derecha del Inca de bronce erigido por los japoneses y divisé, por encima del bullicio de los peatones y del transporte motorizado, la entrada del pequeño chifa[1]. Entré como Pedro por su casa y me dirigí al rincón donde se hallaba la puerta de la Seño Yolanda, la psíquica de Yapatera. Toqué tres veces y la puerta se abrió con parsimonia -“¡Entra!, te estaba esperando”. Sus brazos, bajo la túnica blanca, me señalaron la silla de los visitantes. Su rostro terso parecía tallado en un ébano tibio. Me senté exhausto en la misma silla de mis seis visitas anteriores. Ella me examinó brevemente con sus ojos serenos -“Él no quiere venir. Dice que está muy ocupado viviendo su utopía”. Sus palabras terminaron de ahogar mis ya agonizantes esperanzas de alcanzar lo que buscaba -“Claro, su utopía”, asentí con resignación. Me consolé pensando que entonces él era ampliamente feliz y que yo tenía que respetar su derecho a serlo, aunque eso me dejase sin entrevista -“Si quieres hablar con él, tienes que ir a verlo”, agregó Yolanda, con una naturalidad que me hizo emanar repentinamente sudor frío por la frente, el cuello, las manos, los pies, las axilas y la espalda -“¿Ir a verlo? ¿Yo? Yo no puedo ir a verlo. Todavía no”. Ella indicó: “Morfeo y Tánatos son hermanastros”. Mis esperanzas renacieron con miedo.

-¿Cómo es eso?

–No es fácil, pero es posible.

–Hace meses que sólo pienso en entrevistarlo.

–Si quieres, podemos intentarlo ahora. Esto puede tomar dos horas.

Ella señaló un diván cubierto con una sábana color verde con olor a lavanda. Cuando me acomodé en el diván, ella se sentó en una silla que estaba al lado y comenzó a cantar suavemente. La lengua de la canción me era desconocida pero supuse que era una canción de origen africano. Su canto me recordó a mi madre cantando en la cabecera de mi cama de niño y, también, el atávico rumor con que estallaban las olas del atardecer en los veranos de mi infancia.

Entonces lo vi. Él estaba descalzo bajo un espacioso árbol de huarango. Vestía una camisa blanca y un pantalón pardo, ambos algo holgados. Hablaba consigo mismo y sonreía. Cuando me acercaba tímidamente a saludarlo, volteó sin mirarme:

Guitarra llama a cajón,

Cajón a la voz primera.

Escuchen con atención,

¡Aquí está la marinera!

Carraspeé la garganta y dije, modulando la voz:

-Don Nicomedes Santa Cruz, permítame …

–Perdón hermano, en un momento estoy contigo. Sin jarana no hay cielo y yo me encargo de la jarana.

A paso rápido, se dirigió hacia dos hombres que se hablaban en alemán y francés, respectivamente -“Éstos le siguen dando vueltas a la cuestión de ser griego cada quien a su manera”. Levantó su voz cálida y gruesa -“Goethe y Senghor, ha llegado la hora de ser griegos de manera dionisiaca: la jarana criolla va a comenzar”. Los dos asintieron con la cabeza, sin detener su conversación.

Nicomedes giró hacia su izquierda y camino varios metros en dirección a una mujer y un hombre que hablaban con fruición y coquetería -“Hannah Arendt y Langston Hughes se la pasan hablando del blues del sur del Mississippi”. De inmediato, los convocó:

-Es la hora de reunir los blues de las diásporas al golpe de un buen cajón.

Volvió a girar hacia su izquierda y me comentó: “Un cielo sin ritmo se convierte en un museo cerrado. Sólo la jarana puede darle vida”. Avanzamos varios metros manteniendo la prisa en la marcha. Pronto divisé dos hombres sentados sobre unas piedras. Uno era delgado y con barba, el otro era grueso y sin barba.

-En mis primeros días, Pierre Teilhard de Chardin y Nicolás Guillén sólo coincidían en que África era la cuna de la humanidad. Ahora Pierre parece un comunista y Nicolás un místico.

–Yo pensé que el cielo sólo era para los creyentes.

–Esos serán otros cielos. Éste es para todos los amantes de la diversidad, ateos y creyentes.

Ellos dos le dirigieron la mirada. Nicomedes dio dos palmadas sobre su muñeca izquierda y ellos movieron sus cabezas en señal de acuerdo.

Volvió a girar hacia su izquierda y apuró un poco más el paso. Cerca a un riachuelo seco, encontramos a Porfirio Vásquez y Pablo Neruda riendo a carcajadas mientras intentaban irrigar el cauce abandonado con los chorros de sus propios orines -“Esos son mis maestros, siempre al servicio de la Naturaleza”, me dijo a mí y, luego, se dirigió a ellos: “¡Maestros!, ya vamos a comenzar”.

Caminamos por una especie de atajo hacia lo que había sido nuestro punto de partida. Pronto, divisé una cabaña de madera rodeada por docenas de personas descalzas que hablaban amenamente -“Tenemos una peña criollaza” comentó con  entusiasmo. A pocos pasos para llegar adonde estaba el grupo, agregó: “Acá, todos somos familia”. Algunas personas hablaban paradas y otras sentadas en sillas rústicas o gruesos troncos cortados. Alejado del centro, vi a César Vallejo esbozando una sonrisa triste mientras escuchaba a García Lorca contar un chiste de gitanos. Unos metros delante de él, Sartre le decía a Mariátegui: “La Negritud es un humanismo transcontinental”. Cerca de estos dos últimos, María Elena Moyano, Pedro Huilca y José María Arguedas se mostraban entre sí las marcas que les habían dejado las balas.

Unas manos comenzaron a despertar juguetonamente a una guitarra de madera que estaba en el centro de todo el grupo. Era el maestro Felipe Ping Lo. El cajón comenzó a latir como un corazón gigante bajo las manos de Osvaldo Vásquez. La compositora Chabuca Granda empezó a animarlos con unas contagiosas palmas. De inmediato, Lucha Reyes comenzó a cantar una marinera y Hannah Arendt empezó a bailar junto a ella. Yo me acerqué para verificar lo que estaba viendo. Hannah, adivinando mi sorpresa, me dijo: “Martin [Heidegger] me llamaba mi pequeña Princesa de Saba. Nosotros no sabíamos que la Reina de Saba era negra”. Levantó los hombros en señal de así es la vida y se río con picardía. Nicomedes se paró en el centro del grupo y abrió los brazos:

El canto es como un pañuelo

Que enjuaga el llanto de la vida

Cuando esta es paloma herida

Que no puede alzar el vuelo.

Puede el canto ser consuelo

Que mitigue la aflicción,

Mas nunca resignación

Para el pueblo que lo escucha,

Pues el canto que impide lucha

No es verdadera canción.

Luego de ello, la jarana alzó un vuelo alborotado y se sucedieron zamacuecas, festejos, valses, landós y poemas improvisados por los concurrentes. Víctor Jara, acariciando una guitarra con sus manos campesinas, ofreció nuevos cantos a la paz y a la libertad de los pueblos. Aimé Césaire llegó tarde, pero feliz : “C’est le Pérou, métis et universel”. Al poco rato, ya estaba cajoneando al costado de Osvaldo.

“Ahora sí joven, ¿en qué puedo servirle?” –“Don Nicomedes, ¿es ésta su utopía?” –“Aquí todos gozamos las diferencias en la igualdad. Esto es un socialismo con ritmo y sabor”.

En ese momento, los concurrentes que estaban en el centro se movieron unos pasos hacia los extremos dejando junto a los músicos una circunferencia de tierra cálida y húmeda de dos metros de radio. Una mujer joven puso graciosamente los pies en ese espacio y empezó a bailar desenvueltamente el landó que ejecutaban los músicos. Todos comenzaron a alentar a la danzante y a los músicos palmoteando y lanzando voces -“¡Así! …¡Así! …¡Eso! …¡Toma! …¡Vamos!”. Sus pies marrones parecían haber sido moldeados por las orillas de los ríos, sus piernas fuertes y ágiles parecían haberse formado en las arenas de las playas de los mares, sus caderas parecían un péndulo ingrávido mecido por los vientos, su cintura elástica y firme parecía comprimir y expandir el aire circundante, sus brazos y hombros parecían volar por un cielo espiral, y su rostro brillante reflejaba una felicidad sabia. Ella dirigió su mano derecha, pequeña y delicada, hacia mí y me señaló indubitablemente con sus ojos negros, “Ven a bailar conmigo”. De inmediato, me sentí totalmente acogido por todos los cielos. Mis docenas de preguntas para Nicomedes perdieron todo sentido desde ese momento. Obedecí de un salto. Frente a ella, sentí que mis pies se posaban sobre una circunferencia repleta de energía cósmica. Entonces, intenté dar un paso soberbio de landó y resbalé rotundamente y sin atenuantes.

“¿Estás bien?”, me preguntó la Seño Yolanda. Mis pulmones estaban un poco atorados por el golpe de la caída. Respiré con dificultad.

-¿Qué hora es?

–Apenas te habías dormido. Creo que no habían pasado ni dos minutos, cuando diste un salto y caíste en el suelo.

–¡¿Sólo dos minutos?!

–¿pudiste verlo?

–Sí. Hablamos. Muchas gracias. Ya sé lo que quería saber.

Me puse de pie, haciendo un enorme esfuerzo para aparentar normalidad. Entregué a Yolanda mi ofrenda en agradecimiento y crucé sin detenerme su sala, el restaurante y todo el distrito de La Victoria con la cabeza gacha, como si todo el mundo hubiese visto las más ridícula e infortunada caída de mi vida.


[1] Restaurante de comida chino-peruana.

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3 Comentarios para “La Utopía de Nicomedes, Cuento”

  1. Javicho dice:

    ¡Excelente relato!

  2. Pablo dice:

    Hola amigo. Releí el cuento. La influencia africana en América y que comenzó hace cinco siglos aún no termina, se escribe día a día. Selecto el grupo de personajes, al que seguramente estará ahora acompañando también Mercedes Sosa, La Negra.

  3. Pablo Dante Perleche Hurtado dice:

    PD. Y claro también estará ahora en la jarana celestial el Zambo Cavero con su infaltable cajón.

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