CONTRASTES

Robert y Mónica se conocieron en la cola de un banco, esperando cobrar un cheque del gobierno, muy cerca del centro de la ciudad donde vivían. Fue amor a primera vista. Intercambiaron sonrisas y miradas, también sus teléfonos.
Mónica y Robert eran discapacitados mentales según las leyes de su país. Un retardo leve en ellos los hacía eternos adolescentes aunque ya bordeaban los cuarenta años, y merecedores también, del cheque por invalidez mental que recibían cada mes y que les permitía vivir sin trabajar. Ocho meses después de conocerse ya vivían juntos y planeaban casarse. Compartían una pequeña casa en un barrio apacible, cerca de una bahía por donde solían pasear de la mano aprovechando la benevolencia del clima en primavera, y así lo hacían, cada mañana y cada tarde, hasta los últimos días de octubre cuando los vientos fríos ya anuncian la próxima llegada del invierno. Siempre llevaban consigo pan picado, que especialmente compraban para alimentar a las gaviotas que se aglomeraban en la arena y sobre sus cabezas para comer.
Después se sentaban en un pequeño parque de bancas bajas, columpios y resbaladeras de colores encendidos, para disfrutar de la vista que regalaba la bahía. Veleros de menor tamaño y motos acuáticas se dejaban ver navegando sobre la marea sin olas, bajo un sol radiante y con un fondo de casas nada marginales, a la otra orilla, que se distinguían diminutas por la distancia. Por las tardes, al lado del parquecito, los muchachos y no tan muchachos se sentaban a pescar con sus cañas escuálidas y largas, en un muelle natural de piedras gordas y negruzcas, y por las noches, algunas parejas se besaban aprovechando la oscuridad, a pesar de estar prohibido circular por esos lugares después de las nueve.
Mónica, de piel color leche y cabellos castaños, alta y gorda, y Robert de características similares pero ligeramente más bajo, vivían sin ninguna preocupación más que pensar en su boda. Ambos crecieron con sus padres, siempre con la ayuda del gobierno, hasta que fueron adultos y pasaron a diferentes organizaciones sin fines de lucro, que los orientaron hasta la vida independiente que ya llevaban hace algún tiempo. A pesar de vivir solos eran apoyados en la administración de su dinero y en lo correspondiente a la salud. La pareja de enamorados era de descendencia europea, pero habían nacido al otro lado del océano, en un país enorme y rico, de bandera estrellada y de climas extremos.
En ese mismo tiempo, pero en la capital de un país mucho más al sur, de cultura milenaria y de raza postergada, se conocieron Pedro y Clarisa en un hospital mental, en una tarde de otoño opacada por el cielo de fines de abril.
Pedro, fue salvado por la abuela antes de nacer, cuando su madre enloquecida por la noticia del médico buscaba como abortar con métodos caseros, y con golpes en el vientre y toda clase de innoblezas. La madre de la muchacha, escuchando el estrépito de los latidos de su corazón, siguió a la hija y la pudo rescatar a tiempo cuando estaba ya con las piernas abiertas en un cuartucho mal oliente, frente al carnicero y su asistente listos para matar. La tranquilizó con la idea de dar en adopción al todavía neonato cuando naciera. Efectivamente, Pedrito nació con una sonrisa perenne y los ojos orientales, y otras tantas complicaciones que se fueron paliando sin problemas. Poco tiempo después la madre abandonó la casa y nunca nadie supo de ella, al entrar en cuenta que la anciana salvadora no daría en adopción al niño. Sin más familia que la abuela, Pedro creció dando y recibiendo amor.
Los miedos constantes de la anciana, de dejar al nieto en la orfandad, un día se cumplieron y cayó en cama con la mala noticia de una enfermedad terminal. Cuando murió su abuela, Pedro era un muchacho de dieciocho años, robusto y bajo, de cabello rebelde, ojos chinos y sonrisa perpetua. Deambuló por la calles sin rumbo por algún tiempo hasta que a falta de un lugar especializado para personas con su discapacidad, fue internado en un hospital psiquiátrico de muros verdes y soledades atroces.
Clarisa, en cambio, nació muda y con retardo leve. Nadie supo de donde apareció una tarde cualquiera en la puerta del hospital. Vestía ropa muy vieja y las grandes chapas de sus mejillas y sus rasgos indios hizo pensar que venía de algún rincón olvidado de la sierra.
La pareja de muchachos se conoció en unos ensayos, en el estadio del hospital, para la obra que representarían en Fiestas Patrias. Ya antes habían cruzado miradas y sonrisas, pero esa tarde Pedro se sintió inspirado por el amor y se le acercó, y sin rodeos se presentó estirándole la mano.
–Mi nombre es Pedro, y antes era mongolito pero ahora soy Síndrome de Down, dicen los médicos-
Clarisa, con su coquetería mustia, esbozó una sonrisa casi sin dientes.
El noviazgo fue algo tormentoso por el acoso de otros pacientes y la indolencia de los mismos cuidadores, que veían mal una relación entre retardados. Fueron separados, y avisados que uno de ellos sería trasladado a otro hospital.
Por razones sólo de Dios, una tarde de verano se desató un incendio libertador en aquél lugar. Entre el barullo de agua y fuego la pareja de enamorados escapó con la determinación de que no los encontraran jamás.
Caminaron por horas tratando de alejarse lo más posible de esa cárcel de muros verdes, hasta que se sintieron a salvo en una plazuela de bancas y jardines, con un monumento en el centro de un indio desconocido. Al frente de esa plazuela había un mercado grande, donde abundaban los puestos de verduras y de comida, y por esa razón el movimiento de gente y automóviles era bullicioso y agitado. Cuando el hambre apretó las tripas y sin dinero para comer, la pareja comandada por Pedro, que a pesar de su retardo poseía una personalidad envidiable, se dispuso a limpiar los parabrisas de los carros en las esquinas. Los cuidadores y lavadores de autos del lugar no los molestaron, y por lo contrario los ayudaban enseñándole el oficio. Muy pronto ya eran lavadores expertos por el día, y por la noche trabajaban como veladores en el mercado de al frente.
Uno de los puestos vacíos les fue acondicionado como habitación. Era un cuarto de cinco metros cuadrados en donde al primer vistazo resaltaban, las paredes llenas de posters de equipos de fútbol, dos catres en cada extremo, separados por una mesa llena de estampitas y de productos de aseo personal, y un pequeño ropero de madera al pie de la cama de Clarisa.
Todas las personas los querían y no los denunciaron a la policía porque entendían que de hacerlo la pareja seria irremediablemente separada.
Los muchachos después de trabajar caminaban felices las cuadras que los separaban del malecón para desde lo alto ver el mar. Sentados de la mano hablaban en un idioma creado por ellos mismos observando el ir y venir de las olas. Por alguna razón, pensaban que ese dichoso mar estaba muy lejano para ellos y su mayor sueño era un día estar frente a él, y jugar y bañarse en sus aguas. Algún tiempo después decidieron casarse. Entre todos los negociantes del mercado planearon organizarle una boda simbólica a falta de documentación de los novios. Pedro tenía veinticinco, según sus cálculos, y Clarisa creía tener casi treinta años.
Al otro extremo del continente, Mónica y Robert escogieron cada detalle del matrimonio y de la luna de miel. Familiares y allegados los asistían con los pormenores. Los novios se casaron en una notaria por lo civil y dejaron la boda religiosa sin fecha, con la posibilidad de nunca llevarla a cabo. Después de la ceremonia se trasladaron con todos los invitados a la casa de uno de los parientes del novio, para celebrar con comida y bebida la nueva unión. Robert, notoriamente emocionado se emborrachó con un par de copas de vino, y dejó caer la salsa del guiso en la solapa de su traje negro. Mónica, amorosa y diligente, limpiaba la solapa del marido con un pañuelo humedecido, sin percatarse que también ella llevaba una mancha insolente en el fundillo de su vestido blanco y vaporoso. Ya superado el inconveniente, enrumbaron risueños y alegres por el vino hacia el aeropuerto, ataviados con ropa veraniega. No necesitaron pasaportes para el viaje a ese paraíso caribeño, que a pesar de estar fuera del territorio nacional, pertenecía al país imperial de los recién casados, por tratados que disgustaba a algunos, y beneficiaba y alegraba a muchos de sus habitantes fuera y dentro de esa isla. Mónica y Robert nunca olvidaron su viaje de luna de miel, y, aparte de la insolación demencial que mando al hospital al novio, se trajeron a su regreso docenas de fotos en las arenas blancas, chapoteando con sus trajes de baño coloridos en las aguas claras y azules del caribe.
Al sur del continente, en el mercado donde vivían y trabajaban Pedro y Clarisa, organizaron una fiesta de magnitudes nunca antes vista, que cerraron las puertas para el negocio, no sin antes de dejar un cartel con letras de diferentes colores que invitaba a entrar a los amigos de los homenajeados, que eran muchos de los vecinos y clientes del lugar. La fiesta se centró en la parte donde estaban los puestos de comida. En una mesa larga toda clase de platos criollos y botellas de refrescos rodeaban la torta cuadrada y enorme con el nombre de los tortolitos, enmarcados en un corazón hecho con trozos de fresas y chantilly. Trabajadores del mercado confundidos con sus caseros brindaban con cervezas esperando la llegada de los enamorados. La señora del puesto de jugos y sanguches, era la más entusiasta después de los muchachos. Sabiendo el apego de la pareja por la religión, habló con el sacerdote de la iglesia que estaba frente a la plazuela, y que conocía muy bien a los chicos por su presencia diaria en misa de ocho, para que asista y los honre con su bendición.
El padre, que era un viejo accesible, blanco y regordete, de nariz siempre roja, después de haber brindado con los participantes del jolgorio, convocó al silencio y se desbordó con un discurso afiebrado, que conmovió hasta las lágrimas al novio y a unos cuantos más allí presentes. En el momento que el sacerdote iba a bendecir a la pareja, Pedro, vistiendo un hábito de San Martín de Porres, se dejó caer de rodillas y, jalando de la mano a Clarisa, que lucía un vestido claro y de medio uso, donado por una clienta del mercado , y una vincha blanca que recogía su cabello, la hizo arrodillarse también.
La señora de los jugos y los sanguches, que sabía la ilusión de los muchachos por conocer el mar, en un descuido de los invitados, paró un taxi en la puerta del mercado que por una suma modesta aceptó llevarlos. Después de un recorrido corto el taxi empezó su descenso hacia las costas, que se podían observar desde lo alto de los distintos malecones de esa ciudad capital. Los muchachos embelesados parecían en otro mundo mientras miraban por la ventana. El chofer aparcó el auto a orillas de la playa más cercana para que bajaran, él los esperaría. La buena mujer, cámara en mano, siguió a la pareja que desató a correr rumbo a las olas que reventaban espumosas. Pedro y Clarisa sin importarles ni sus trajes, ni el día todavía frío y nublado, jugaban a mojarse muertos de la risa, mientras eran fotografiados por su celestina llorosa.
El amor es tan bello y puro q cada persona lo saborea distinto y ver como estos jovenes especiales son tan felices en su mundo al llegar a experimentar lo q es el amor sin importar barreras me gusto y me hizo pensar gracias…..
Las diferencias de nuestros paises con el del tio Sam son abrumadores y frustantes hasta en estos ambitos. Por un lado unos lo tienen todo, desde lo mas basico hasta gollerias, y otros, incluyendo los discapasitados, no tienen ni lo mas elemental, ser tratados con respeto por nuestros gobiernos quien los avandonan al no haber institutos apropiados para ellos ni soporte para hacer su condicion mas llevadera. Un cuento de tema social, que muestra los CONTRASTES de dos mundos opuestos. Buena Roberto y sigue escribiendo.
Muy buen cuento Roberto, me conmovió y me llegó al corazón…