El Quinto Suyo

Mundo virtual del emigrante Peruano

El Niño Invisible (Cuento)

por @ 8:43 pm en agosto 26, 2009. Tags:
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El Niño Invisible

 

Tendría unos trece años y vestía una chompa sucia y vieja, también un pantalón de dril de un color indefinido, con muchos agujeros y la basta colgando en flecos. No usaba zapatos y su cabellera estaba larga y totalmente descuidada.

Estaba en el suelo con su cabeza recostada en la pared de la farmacia de la Unidad Vecinal. Eran las dos de la tarde de un día caluroso de verano limeño y la gente que entraba a la farmacia apenas reparaban en el niño, y otros lo ignoraban por completo.

Manuel un niño de la vecindad a quien el menor tirado le había impactado desde el primer momento, no podía creer que los adultos pasaran así, sin ayudarlo, como si fuera invisible.

El niño que a toda vista se notaba débil levantaba la cabeza de vez en cuando y al notar la mirada constante de Manuel lo llamó.

–Tengo sed, hambre y también fiebre –dijo débilmente.

–Te voy a traer algo –dijo Manuel.

Se fue corriendo a su casa, preparó un poco de limonada y dos panes con mantequilla, y retornó ansioso donde el niño. Este seguía en el mismo sitio, la farmacia había cerrado como de costumbre hasta las cuatro.

El niño bebió con frenesí la limonada y mordisqueó el pan.

–Me duele la garganta y la cabeza, estoy muy débil–murmuró el niño

–¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives?

– Me llamo Adrián. Mis papás murieron en un ataque terrorista a mi pueblo… en Abancay, hace cuatro años. Me enviaron a vivir con mi hermano que era estudiante acá en Lima. Él trabajaba y estudiaba y me cuidaba, vivíamos en un apartamento en la Victoria. Pero un día desapareció y nadie pudo dar razón de él  y al cumplirse el pago de alquiler el dueño me botó a la calle con todas nuestras pocas cosas y las cajas de libros que teníamos.

–¿Qué clase de libros?

–De autores famosos. Cuando recién llegué no sabia leer bien, él me leía por la noche. Me matriculó en el colegio y aprendí a leer bien. Los he leído casi todos, mí favorito es Robinson Crusoe. Que cosas ten bonitas aprendí de ellos, es como si pudiera vivir muchas vidas a la vez.

Manuel que también gustaba de leer no podía dar crédito a lo que oía, cualquiera que viera el estado en que se encontraba el niño lo hubiera  tomado por un mendigo sin instrucción.

La puerta de la farmacia se abrió y salio Violeta una de las dependientes. Interrogó a Manuel acerca del niño y al examinarlo dijo: “Tienes una faringitis muy aguda, necesitas antibióticos para la infección y un antipirético–analgésico  para la fiebre y el dolor.”

–Violeta, yo te los pago dijo Manuel  ¿puedes traerlos por favor?

Violeta ingresó a la farmacia y trajo lo necesario.

–Tienes que tomar el antibiótico tres veces por día por diez días, sino recaes y la bacteria se vuelve resistente al fármaco. Los otros debes tomarlos hasta que te baje la fiebre y te pase el dolor.

–¿Cuánto es Violeta?–No te preocupes Manuel, y ayudemos a regresar a este niño a su casa ¿dónde vives?

–Ya le dije a Manuel no tengo casa, cuando el dueño me botó del apartamento las cosas quedaron en la calle y unos delincuentes se las comenzaron a llevar, quise oponerme y me pegaron y me amenazaron con cuchillos. Luego me fui a un lugar donde dan hospedaje a niños abandonados. Allí los otros niños me trataron mal por que paraba leyendo y no me gustaba estar en sus grupos, hacían muchas maldades. Un día me escape y vagabundeé al azar. El hambre me hizo juntarme con un grupo de niños en el centro de la ciudad. Unos vendían caramelos a los transeúntes o en los ómnibus públicos, otros lavaban los cristales de los autos, cuando paraban en las luces rojas.  Había también los que actuaban como payasos, cantantes o faquires y muchos robaban “limpiamente” del bolsillo de sus victimas o en grupos llamados las “pirañitas”  que tumbaban a los transeúntes desprevenidos y los despojaban de sus pertenencias. Recorríamos toda Lima, la zona antigua con sus monumentos históricos y la moderna con sus inmensos edificios, por las playas y en zonas residenciales.

De todas ellas nos botaban los guachimanes que contrataban los vecinos para que los cuidasen. Siempre se conseguía alguna cosa que comer pero nada comparado con lo que veías en las vidrieras de los restaurantes: Ceviches, lomos saltados, cau–cau, causas rellenas, carapulca y muchos otros platos que solo podíamos oler, aunque en contadas ocasiones juntábamos lo necesario y comprábamos algunos de ellos. Nos sentábamos a comer y masticábamos despacio, haciéndolo durar, no sabríamos cuando seria el próximo banquete entre tanto el pan duro, frutas robadas o escarbando en la basura nos daba nuestro sustento diario.

De noche dormíamos en los parques en verano y en invierno nos juntábamos para darnos calor y nos metíamos a casas abandonadas, corralones de animales o cualquier sitio donde pudiéramos cobijarnos de la garúa y del penetrante frío. Un día, no sé cuando exactamente me comencé a sentir triste y poco a poco fui perdiendo interés por todo. Los demás me decían que estaba “tocado” de la cabeza. Luego me vino el dolor a la garganta y la calentura. Pensé que iba a morir y me dedique a caminar a la buena de Dios y aquí me tienen.

Violeta con lagrimas en los ojos dijo: “Pobre niño no te puedes quedar en la calle, te puede dar una pulmonía. Yo te llevaría conmigo pero comparto el cuarto con dos amigas y no hay espacio”.

–Yo puedo hablar con mi papá–dijo Manuel– vivimos los dos solos desde la muerte de mi mamá, tenemos espacio. Ayúdame Violeta para llevarlo.

Entre los dos hicieron un esfuerzo grande y poco a poco lo llevaron a la casa de Manuel distante a una cuadra de la farmacia.

–Mi papá viene en un momento para comer juntos

–Espero contigo Manuel– dijo Violeta– no sea que tu papá se altere.

–No creas, él es muy bueno.

Cuando llegó el padre de Manuel se quedó sorprendido ante el cuadro que veía y luego de ser informado de todo dijo:

–¿Así que lees mucho ¡eh!, Robinson Crusoe ¡no!?

–Si señor– dijo Adrián.

–Haber dime cuando Robinson llegó a su isla también tuvo fiebre ¿con qué se curó?

–Con tabaco remojado en ron, señor.

–¡Ea! ¡Buena chiquillo! ¡Te has ganado tu estadía! Pero hasta que encontremos a tu hermano o un familiar, tengo amigos policías, lo encontraremos si esta vivo.

–Gracias, señor.

–Eso si ayudas en la casa y vas al colegio apenas te recuperes.

–Sí, señor.

–Y basta de señor, llámame Francisco.

–No puedo, señor, le debo respeto, le debo la vida a usted, a su hijo y a la señorita Violeta.

Los tres sonrieron y le quitaron sus ropas que fueron rápidamente desechadas. Lo bañaron con agua tibia, le recortaron el cabello y le pusieron ropas de Manuel. Así cambiado Adrián dejaba ver un rostro apuesto, concentrado y reflexivo.

–Pobre muchacho como ha sufrido– dijo Violeta retirándose–ya sabe Francisco si algo se le ofrece llámeme.

Manuel codeó malicioso a Adrián para que viera como se había sonrojado su papá.

Francisco visitó a su amigo Augusto, Coronel de la Guardia Civil y lo puso al tanto del caso de Adrián.

–Mira hermano–dijo Augusto ese ¿cómo dices que se llama ese muchacho? sí, Gabriel, dudo que lo tengamos nosotros ya que no podemos detener a la gente por mucho tiempo. Se lo remitimos a los tiras, a Seguridad del Estado, si esta allí y es inocente se lo puede sacar, hay probabilidades. Si lo tienen los militares esta fregado.

–¿Cómo es posible que pasen cosas así, Augusto? Se nota que Adrián dice la verdad, es un niño y cuenta que Gabriel estudiaba y trabajaba.

–¡Francisco estamos en guerra!, De nuestro lado no podemos identificar al enemigo, todos son civiles, ellos si nos sacan por el uniforme. Por eso ahora muchos vamos de civil para que no nos embosquen. Es la guerra hermano, es así en cualquier parte del mundo y  a través de la historia, nunca ha habido una guerra bonita, todas arrasan como las tempestades, no respetan  a nadie y nadie puede decir que es neutral, ¡es la guerra hermano!

A las tres semanas Adrián ya recuperado se integró a la familia de Manuel y comenzó a ir al colegio sorprendiendo a todos con su sagacidad.

–¡Aló, Francisco!

–Si Augusto, que hay.

–¡Encontré a tu desaparecido! Ven rápido a la Plaza Bolognesi, te espero en el restaurante la Estrella de Arica.

Francisco, Manuel y Adrián se apresuraron en ir al restaurante y encontraron a Augusto sentado en una mesa. Había ordenado una inmensa parihuela acompañada de choclos, camotes y sendas jarras de chicha morada.

–¿Dónde esta?– dijo Francisco.

–Tranquilos, tenemos que esperar, un coronel de Seguridad del Estado nos lo va a enseñar en unas tres horas. Él estaba enterado de un preso que clamaba inocencia y por su hermano menor, todos lo tenían por loco o que se hacia al loco. Coman necesitaran fuerzas, ¡coman!

Caminaron a la prisión que estaba a pocas cuadras. Entraron pasando por varios controles de policías vestidos de civil. Ingresaron a un despacho amplio y lleno de libros. Luego entró un coronel con dos guardias que sostenían un hombre barbudo, flaco, macilento y sucio.

–¡Gabriel!– gritó Adrián abalanzándose hacia su hermano.

Este como si despertase de un sueño febril se desprendió de sus custodios y llorando como un niño se estrechó en un largo abrazo con su hermano.

–¡Adrián!

–¡Gabriel!

Todos miraban atónitos la escena y aunque no hubo lagrimas en los rostros de los policías, tan curtidos de ver el dolor, se podría decir que alguna fibra de sensibilidad, en el fondo de sus espíritus, había sido tocada.

Se arreglaron los trámites de rigor al comprobarse la inocencia de Gabriel y en unas horas, los dos hermanos, Francisco y Manuel estaban en la calle llena de tráfico y peatones que pasaban apurados.

–Gracias señor– dijo Gabriel.

–Venga con nosotros, Adrián tiene un cuarto en nuestra casa, puede quedarse allí hasta que lo juzgue conveniente.

–Si hermano ven por favor la casa del señor Francisco y Manuel es nuestra casa.

–¡Si hermanito vamos y ya no nos separaremos!

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4 Comentarios para “El Niño Invisible (Cuento)”

  1. roberto mansilla dice:

    Hola Pablo. Me gusto tu cuento. No tiene un final estrepitoso ni sorpresivo pero en si la historia es buena y está bién narrado. Sigue escribiendo y quien sabe más adelante publiquenos un libro con una recopilación de los mejores cuentos de los integrantes de El Quinto Suyo. Un abrazo.

  2. Javier Elizalde dice:

    Pablo amigo, me gusto mucho tu cuento, muy sensible, un abrazo

  3. María dice:

    Pablo, te felicito por tu creatividad en la narración, y por la cohesión en el texto, respetando siempre las reglas gramaticales, y despertando ese espíritu de motivación en el receptor.

  4. María dice:

    Es tiempo de que los niños despierten de ese mundo de fantasía que cada día los envuelve , donde la tecnología los encierra cada día en un círculo, que les impide el desarrollo de su imaginación y creatividad, porque no tienen la motivación que necesitan para leer y escuchar cuentos como los que usted escribe.Por eso le envío mi felicitación porque sus narraciones llegan al corazón de mucha gente a través de esas imágenes y recursos expresivos tan hermosos que refleja en su narrativa.

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