El Quinto Suyo

Mundo virtual del emigrante Peruano

Martes… de Miércoles (Cuento)

                                                                                               Martes…    de   Miércoles

Desperté aquella mañana con un extraño presentimiento. Al bajar de la cama posé mi pie izquierdo sobre la alfombra beige de la habitación de mi departamento. Mal presagio, pensé. Tomé una ducha y casi resbalo al pisar la barra de jabón que cayó de mis manos. Felizmente no me caí. Estaba corto de tiempo. Me había quedado dormido. Me hice un pequeño corte en la cara al afeitarme apresuradamente. Coloqué mi taza con leche en el microondas y mis dedos se deslizaron rápidamente por los botones. Sin darme cuenta había añadido un cero extra al minutero. Diez minutos en lugar de uno, demasiado tiempo para una taza con leche. Cuando me percaté del error, la leche estaba hirviendo y se había derramado sobre la plancha de vidrio del microondas. Después de darme cuenta que también se quemó la tostada, regresé a mi habitación y me vestí velozmente para ir a trabajar. Parado frente al espejo del tocador, lleno de extrañas cremas, tintes, gel y laca para el cabello, pinturas para las uñas de raros colores y delineadores para los ojos de las más diversas tonalidades del color negro, caí en cuenta que me puse la camisa celeste de mi uniforme al revés. A lo mejor cambia mi suerte, pensé.

Antes de salir la miré. Seguía profundamente dormida. La había conocido en un concierto de Blink 182 en el Patriot Center de Fairfax, Virginia. Fuí sólo. Ella y sus amigas se sentaron a mi lado. Tenía diecinueve años, yo ya pasaba los treinta. Entablamos una breve conversación sobre música. Los teloneros de AFI abrieron el concierto, ante el griterío infernal de la chiquillada. Ella no podía creer que yo no supiera quienes eran. Cada movimiento de caderas del cantante era celebrado con euforia. Me tomó de la mano y me retó a escabullirnos hasta la zona VIP, cerca al entarimado. Yo no hacía eso desde mis épocas de revoltoso cuando iba a ver a Soda Stereo. Desde esa noche nos volvimos inseparables.

Savannah era una gringa diferente. Su nombre de estrella de películas porno la hacía ver más sexy ante mis ojos. Teñía su cabello rubio natural con tinte negro azabache. Cubría sus bellísimos ojos verdes aqua con lentes de contacto sin medida color café. “I always wanted to be a brunette“, me había dicho alguna vez. Maquillaba la blanquísima piel de su rostro con polvos que la hacían ver pálida, cadavérica. Delineaba los párpados de sus ojos de un negro intenso, al igual que sus cejas, finamente depiladas. Cerraba los ojos y pintaba la fina piel debajo de las cejas de púrpura o a veces fucsia. Dependiendo del color que haya usado, teñía un mechón de su pelo de ese mismo color. Pintaba sus uñas de negro. El mismo color de su ropa, siempre de negro, bajo un luto permanente todos los días del año. Un día pantalón negro, bibidí negro, botas negras estilo militar. Al otro día minifalda negra, blusa negra, medias negras hasta las rodillas y botas negras. Siempre de luto. Sus pequeñas carteras eran también siempre negras con diversos estampados. Calaveras, corazones rotos, cruces, ojos lagrimeando, estrellas, medias lunas, rayos, labios rojos, etc. Tenía una colección de diminutas calcomanías con los mismos diseños. Dependiendo de la cartera que usara ese día, pegaba la respectiva calcomanía en cada una de sus uñas.

No era masoquista pero torturaba la piel de su bello cuerpo escultural de las más diversas maneras. Tenía un pequeño aro en su ceja izquierda, cuatro o cinco aretes en el lóbulo interior de la parte superior de ambas orejas. Un pendiente en el medio del ombligo en forma de hoja de trébol verde, con el que demostraba su ascendencia irlandesa y un arete que semejaba a una perla  en el centro de la lengua. Cuando se ponía sandalias o calzaba zapatos abiertos, dejaba lucir las uñas de los dedos de sus pies perfectamente pintados de negro y con anillos en cada dedo. Tenía varios tatuajes. Uno en el hombro derecho con un corazón rojo atravezado por una flecha negra y con un par de iniciales que no eran las mías. Alrededor del ombligo tenía tatuado un sol con ondulantes rayos, el centro de la estrella solar era su ombligo, con el pendiente de trébol en medio. En una pantorrilla una rosa roja con un par de hojas verdes, en la otra un conejito de Playboy. En la parte baja de su espalda, una espada de estilo medieval, de unos veinte centímetros de largo. Con la punta de la espada terminando ahí mismo donde la espalda deja de llamarse como tal.

Compraba un perfume con aroma a rosas frescas en un porno shop cerca a su trabajo. Mantenía su bello púbico magicamente afeitado en forma de corazón. Me enloquecía besar su sexo, joven, rosado, y con olor a rosas frescas. Podía pasarme largos ratos zambullido entre sus piernas. No era falsa, jamás fingía un orgasmo. A veces no llegaba al clímax, pero cuando lo hacía, clavaba salvagemente sus uñas en mi espalda hasta hacerme sangrar. Cómo una fiera, mordía tan fuerte mis hombros que la marca de su dentadura podía durar por varios días.

Era rebelde. Había escapado de la casa de sus padres en el vecino estado de Maryland a los dieciséis. Desde entónces vivía con roomates. Trabajaba en el Tower Records de Tysons Corner. El lugar perfecto para alguien como ella. Sus compañeros de trabajo eran una réplica de ella: tatuados, anillados y siempre de negro. “My gothic girl” le decía yo. Era totalmente ignorante en materias de historia y geografía. No tenía idea de donde quedaba Perú y menos de la cultura incaica. Yo le enseñé en un par de clases estando desnudos en la cama frente al ventanal de nuestro cuarto desde donde se veía el Pentágono, mis viejos libros de historia del Perú. Desde Manco Cápac hasta Atahualpa, desde la conquista hasta la era republicana. “My cholo boy” me decía ella. Un buen día me preguntó por mi estatus legal. Le dije que mi visa de turista había vencido hacía tiempo. ¿Would you married me? me preguntó a boca de jarro. Así era ella de arrebatada. Era mi oportunidad, con mi visa vencida era un ilegal más. Al casarme con Savannah tendría mi greencard en seis meses y la ciudadanía en tres años más. El día de nuestra boda civil una de sus amigas nos regaló un muñeco de Chucky, aquel de la película de terror, vestido con traje de novio, para mí; y otro de Tiffany, la novia de Chucky, para ella. No creí que nuestro matrimonio duraría mucho tiempo. Lo nuestro, más que amor era pasión y deseo, lujuria y pecado. No hacíamos el amor, fornicábamos. En cuatro años más yo tendría treintaiocho y ella veintitrés, se buscaría a otro más joven que yo. Con la greencard en la mano me sería más fácil encontrar trabajo. No desaproveché la oportunidad, fue como sacarme la lotería.

Conseguí un trabajo Federal como cartero en una oficina de correos cerca al Pentágono. Como vivía en Arlington, se me hacía cerquísima. Llegaba en diez minutos o menos. El trabajo era duro. Era nuevo y estaba en mis noventa días de prueba. Tenía que esmerarme y demostrar que era bueno para que me contrataran como empleado permanente. La mayoría de los carteros eran afroamericanos o anglosajones, con una minoría de extranjeros en donde dominaban los asiáticos. Yo pertenecía al grupo de carteros de segunda clase, los nuevos, los part time flexible, o PTF’s. Sin horario fijo ni ocho horas garantizadas. La mayoría era amigable, con algunas excepciones. Entre ellas Smithy. El era un caso aparte, nunca saludaba ni contestaba el saludo, detestaba a los inmigrantes. Se llamaba Ron Smith, pero le decían Smithy. Creció en el campo en el area montañosa del estado de West Virginia. De padre blanco y madre nativa de la tribu Cherokee. Su madre murió cuando él tenía diez años y desde entónces fue testigo de cómo su padre violaba a sus dos hermanas mayores. Alguna vez cuando él trató de intervenir, su padre le dió tremenda paliza que lo dejó tirado en el granero sollozando, adolorido; con la impotencia de no poder defenderlas. Trabajaba largas jornadas bajo el sol arando la tierra o cosechando legumbres y vegetales. Mientras tanto el odio seguía creciendo en su corazón. Un día llendo de compras al pueblo vió un cartel en el escaparate de una tienda. Un hombre viejo con barba blanca y sombrero de copa le apuntaba con el dedo diciéndole: “I want you“. Meses después al cumplir los dieciséis, se despidió de sus hemanas, de sus dos hermanos/sobrinos y de sus tres hermanas/sobrinas y partió rumbo a la ciudad para enlistarse en el Army sin que lo sepa su padre. Participó en las invaciones a Granada, Panamá y la guerra del Golfo. Lo hirieron en un pie y fue dado de baja. Consiguió trabajo en el Servicio Postal y con el dinero que le dieron como indemnización por ser herido de guerra, le alcanzó para la cuota inicial de una casa. Tiempo después regresó a su tierra natal en West Virginia. Sus hermanas lo saludaron efusivamente. Sus hermanas/sobrinas habían crecido y se habían convertido en unas jóvenes señoritas. Una de ellas se encontraba en la chacra cosechando zanahorias. Al verlo venir corrió hacia él envolviendolo en un fuerte abrazo. Smithy la tomó de la cara con ambas manos mirándola con alegría, sin mala intención. De pronto sintió un lampazo en la cabeza, la hermana/sobrina escapó corriendo despavorida pegando de gritos. Tirado en la tierra mordiendo el polvo y sangrando de la cabeza escuchó a su padre decir: “¡Don’t you dare touch my women! ¡If you want a woman, get the fuck out of here, go back to the city and get your own bitch. These whores belong to me… did you hear me!” Nunca más regresó a West Virginia, y desde entónces juró que nunca iba a casarse por temor a cometer incesto con sus propias hijas, igual que su padre.

Se convirtió en coleccionista empedernido. Los pocos blancos anglosajones que alguna vez visitaron su casa decían que tenía una gran colección de armas. Pistolas, revólveres, escopetas, de todo un poco. Era buen cazador y en ocaciones traía filetes de carne de venado para su almuerzo. El piso de la sala y el comedor de su casa estaban cubiertos por una alfombra de dvd’s, diarios Washington Post y revistas Rolling Stone. Costaba trabajo caminar por entre cajas y desperdicios. La cocina estaba llena de botellas de vidrio y latas vacías de Coca Cola. Su más valioso tesoro después de las armas era su pequeña colección de artefactos y atuendos típicos de diferentes tribus nativas norteamericanas que guardaba en una humilde vitrina. Como recuerdo de la mujer que le dió la vida.

Por su mal caracter, constantemente se metía en problemas ya sea con otros carteros o algún supervisor. En cierta ocasión, me contaron que casi se van a las manos con uno de los supervisores y por eso fue suspendido por dos semanas. En otra ocasión vociferando a gritos amenazó a otro supervisor: “I’m gonna kill you” le dijo, al rato vino la policía y se lo llevó esposado. No se le vió la cara por los siguientes tres meses.

Con la taza de leche hirviente y mi tostada chamuscada en la mano, enrumbé hacia la chamba. Me quemé los labios al primer sorbo. Llegué con las justas, a las siete y media de la mañana. Para colmo, me dieron a repartir la ruta trece. Robóticamente empecé a colocar las cartas de tercera clase en los casilleros. Postales de vendedores de casas, venta de carros, menús de restaurantes, bancos ofreciendo tarjetas de crédito y unas que anunciaban el próximo concierto de Madonna en el MCI Center. A las ocho llegaron las cartas de Delivery Point Sequence, o DPS. Cada bandeja de dos pies de largo llena de cartas de primera clase viene ordenada consecutivamente con las direcciones de los residentes de cada cuadra. Como era martes, sólo tenía tres bandejas, un día relativamente suave. Saludé al panameño José mientras caminaba cargando mis bandejas hacia mi casillero de la ruta trece y tropecé con Smithy. Mis cartas cayeron desparramadas por el piso. Le lancé una mirada de odio y con los ojos clavados en mí siguió caminando y balbuceó: “Damm foreigner“. Casi se me sale el indio, pero me contuve; aún no había pasado mis noventa días de probación. El día anterior para variar, Smithy tuvo una bronca verbal con uno de los supervisores, su premio, una carta de amonestación.

Faltando diez minutos para dar las nueve de la mañana, varios de mis compañeros recibieron llamadas telefónicas alarmantes. Un avión se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Alguien encendió el televisor de nuestro brakeroom. Fuí a mirar de puro curioso. Efectivamente, la torre se estaba incendiando. No le dí mucha importancia y seguí trabajando. A las nueve y tres minutos escuché unos gritos al unísono, no de algarabía sino de pesadumbre, como cuando la “U” se pierde un gol ante el Alianza. Otro avión se estrelló contra la segunda torre gemela. La gente se amontonó en el brakeroom, todos con los ojos clavados a la pantalla del televisor. Esto no puede ser coincidencia, pensé. Recordé los atentados de Sendero, casi siempre en simultáneo, Cono Norte, Cono Sur y Centro de Lima, cronometrados para provocar pánico. Recordé los apagones y Tarata. Sigilosamente me escabullí, salí del edificio y corrí hacia mi auto. En la playa de estacionamiento ví a Smithy en su camioneta Dodge Ram pick up 4 x 4 de esas que manejan los hillbillies, con su baúl de herramientas de acero cromado en la parte trasera. Cruzamos miradas fulminantes, de esas que matan. Tomé la Jefferson Davis Parkway rumbo a mi departamento, deseando que mi chica gótica siguiera dormida. Smithy subió a la parte trasera de su camioneta y abrió el baúl de herramientas. Embalado tomé la carretera 395. Smithy se puso su abrigo largo de cuero estilo Clint Eastwood, mismo vaquero del viejo oeste. Entré por la Washington Boulevard ansioso por encontrarme con mi amada Tiffany, la novia de Chucky. Smithy caminaba a traves del parqueo a pasos largos acompasados de regreso a la oficina de correos. Salí por el exit de la Columbia Pike. Smithy hizo su ingreso al edificio, nadie lo vió entrar, nadie le prestó atención. Llegué a los Executive Apartments de la South Scott Street, estacioné mi auto y evité el ascensor. Subí las escaleras a zancadas, de dos en dos hasta el cuarto piso. Smithy se dirigió al breakroom. Abrí la puerta despacio para no despertar bruscamente a mi gothic girl, como un caballo atravecé la sala galopando hasta la habitación. Smithy dió un último vistazo a la gente conglomerada en el breakroom, ¡Hey guys, take a look at my new toy! gritó, todos voltearon a mirar la AK-47. En mi cama, la espalda tatuada de mi yegua estaba siendo cabalgada por un joven potrillo. Por el ventanal de mi dormitorio pude ver al Boeing 747 estrellarse contra el Pentágono.

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8 Comentarios para “Martes… de Miércoles (Cuento)”

  1. David dice:

    Ficcion o realidad?

  2. Alfredo Del Arroyo Soriano dice:

    Ficción…. Basado en algunos hechos reales…

  3. Supay dice:

    Genial. Pensé que te habías ido del tema cuando iniciaste la part de Smithy pero ya veo que al final era un nexo en la historia. ¿Ficción basado en algunos hechos reales o realidad con algunos hechos de ficción?, jajajaja. Saludos y felices fiestas para tí y toda la gente del Quinto Suyo!

  4. Martin dice:

    Alfredo,
    muy buen cuento. Yo creo que salvo detalles de comas y puntos mas o menos, deberias enviar este cuento a un concurso.

  5. Alain dice:

    hola pitty
    tocaste mucha carne y temas reales y serios
    Estas listo para las consecuencias?
    Saludos
    Raleigh, NC

  6. Karlos dice:

    Muy bueno! superior a todo los previos….
    Me enganché.
    Saludos y fuerte abrazo .

  7. NILSA dice:

    Pitito, cuando escribes de nosotros…..

  8. ricardo dice:

    Nada de ficcion, pura realidad gringa.
    … las tragedias comienzan demasiado rapido creo podria ser aun mejor….pero tienes una pluma muy descriptiva y entretenida. Sacale mas partido!!!

    Saludos

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