El Quinto Suyo

Mundo virtual del emigrante Peruano

El Mapa de San Felipe

Comparto con Uds. el cuento con el que obtuve el 2do accésit del Concurso Internacional de Cuentos ‘Enrique Labrador Ruiz’ 2007 del Círculo de Cultura Panamericano de los EE.UU. ‘El Mapa de San Felipe’ ha sido publicado en Círculo Revista de Cultura, volumen XXXVII, 2008, pgs. 200-205. Espero que su lectura anime a mas lectores a poner por escrito sus historias, reales o ficticias.

Yo caminaba aparentando seguridad. Había aprendido a golpear secamente las suelas de los zapatos contra las aceras, cortar el aire con los brazos rígidos y sostener el rostro impávido dentro de ese abrumador laberinto de casas y encrucijadas de senderos ajenos. Pero desconocía completamente el camino que me sacaría de ese lugar donde la policía traficaba con armas y drogas en siniestros callejones, los políticos se prostituían en las vitrinas privadas de almacenes transnacionales, los inocentes se refugiaban entre cuatro paredes para no ser hechos pedazos antes de alcanzar la vejez y la dignidad se practicaba como una fe preservada por cofradías herméticas. Yo sólo deseaba estar lejos del próximo campo de batalla de esa guerra interminable.

Una tarde, bajo un sol amarillo e implacable, una mujer con un desordenado flequillo sobre la frente me cerró el camino y me dijo: “Sé quién eres”. Yo me detuve de golpe. Ella era alta, atlética y su voz era gruesa e intimidante, pero me sonó familiar. No podía distinguir su rostro: “¿Está usted segura?” pregunté con una voz aflautada que revelaba mi abrupto temor de estar frente a una inevitable fatalidad. “Yo sé quién eres porque sé quién has sido”. Mi instinto de supervivencia comenzó a actuar y tomé mi máscara de intelectual como escudo: “Perdón, yo no soy de acá. Sólo estoy de paso. Estoy buscando una biblioteca pública.” Pero ella agregó: “Todos estamos de paso, Juan”. Escuchar mi nombre desarmó mi planeada retórica ilustrada. Parecía estar en medio de una lamentable coincidencia: “Sí, pero … ¿cómo sabe mi nombre? Me llamo Juan, pero vengo de muy lejos” Ella me interrumpió: “Sí, lo sé, lo sé”, con un tono que me ordenaba calmarme. Juntando, sin embargo, la poca calma que me quedaba quise dejar en claro que yo era un hombre honesto: “Soy vendedor de mapas de reinos e imperios antiguos”. Otra vez me interrumpió: “Hay algo que debes saber sobre Simone”. Esta vez me sentí totalmente indefenso y a disposición de un potencial arcángel de la vida o de la muerte.

Sí, Simone era la bibliotecaria de la Universidad McGill que me inició en el negocio artístico de la cartografía clásica. En mis primeros días de exiliado, yo lavaba platos en Canadá y sufría todas las noches de una mezcla de insomnio y nostalgia; hasta que encontré mi terapia: copiar a mano mapas antiguos. El primero fue el mapa del mundo que Al-Idrisi hizo en 1154. La primera vez que Simone me vio, yo estaba entregado a esa silenciosa tarea sobre las mesas de una sala vacía de la biblioteca. Ella se acercó y me preguntó cuánto costaría el cuadro. Yo le dije que lo hacía para colgarlo en mi habitación, pero al instante pregunté si podía haber “más gente interesada en decorar sus casas con mapas clásicos”. Ella no sólo me dijo que sí, sino que además me mostró dónde y cómo funcionaba ese discreto mercado mundial. Así comencé a ganarme la vida gracias a los trabajos de Al-Idrisi, Abraham Cresques, Martin Waldseemüller, Américo Vespucio, Juan de la Cosa, Abraham Ortelius, Gerardus Mercator y algunos otros. Nunca pensé que mis tres años en la Escuela de Bellas Artes de Lima, donde recibí mejores notas por mi pluma que por mi pincel, serían tan rentables como para comprar al crédito un auto de segunda mano y un apartamento en Pointe Saint Charles de Montreal.

El verano pasado, Simone y yo descubrimos que también compartíamos el gusto por Pessoa y Césaire y, además, por fantasías románticas entre los estantes de libros de geografía de la biblioteca de McGill. Simone era la mujer que había trastocado mi vida en los últimos meses, señalándome un trabajo estimulante y entregándome un bálsamo de ternura. Ella había crecido en la isla de Martinica, temiendo el despertar del volcán Pelée y las embestidas de los huracanes, pero amando el calor humano del Mar Caribe. Sin embargo, la sed de mundo la trajo como estudiante a la Universidad de Québec en Montreal y, luego, la fuente para saciar esa sed la halló en el trabajo de bibliotecaria en McGill. Desde su escritorio, trazaba nuevas rutas para sus próximas vacaciones. Cuando la conocí, ella ya había explorado pueblos casi invisibles de cinco continentes y vacilaba entre conocer el pueblo Shawi en la selva amazónica o el pueblo Garifuna en América Central. Mis días de desamparo llenos de un consumo compulsivo de cigarrillos, whisky y análisis apocalípticos a toda hora habían sido borrados por la magia tropical de Simone. Pero, ¿cómo esta desconocida en medio de esta calle podía saber de mí y de Simone y, además, saber sobre ella algo que yo no conocía, pero debía conocer?

“Ven conmigo. Antes de hablar de Simone, tengo que mostrarte algo importante”. Se sentó sobre las gradas de las escaleras de hormigón que teníamos al lado e hizo que yo me sentara también. Puso su enorme cartera sobre sus piernas y empezó a abrirla. Su pantalón negro y su sudadera negra en medio del verano parecían una temible penitencia. El sol de las tres de la tarde que cubría nuestras espaldas no me permitía aún ver su rostro, ¿qué diablos estaba pasando? ¿qué clase de karma traía esta mujer? ¿conocía ella realmente a Simone? Rápidamente cruzaron por mi mente las imágenes sucesivas de una metralleta, una bola de cristal y una serpiente venenosa saliendo de ese bolso negro de cuero que parecía quemar como un carbón a la espera de las carnes. Abrió los labios del bolso y me dijo: “Mira esto”. Yo alargué el cuello con desconfianza y en un fondo luminoso y bullicioso vi algo más que un mapa. Vi una representación viviente y tridimensional de un bosque de edificios industriales: era San Felipe, la lejana villa de mi adolescencia en Lima.

Conforme transcurrieron las imágenes, ella intercaló comentarios extraños: Niños de los Olivos persiguen una pelota roída sobre una brea áspera rodeada por multitudes de edificios parcos y distantes. “Sus pequeños pies sembraron proezas que no llegaron a germinar”. Un hombre de las Magnolias se ajusta el cuello con la corbata y arrastra el cuerpo tras la ética del trabajo de las agujas de su reloj que laceran su felicidad. “Perseguir el progreso moderno puede ser una forma de atentar contra la propia salud mental”. Yo también estoy allí. Hablo frente al teléfono público de las Moreras. El eco de las sílabas anestesiadas y adoloridas de Ruth ahoga mis palabras. Ella me dice: No quiero volver a verte y cuelga.

Lo que estaba viendo eran escenas del primer día que yo había querido borrar de mi vida por vergüenza. Una anciana de las Casuarinas compra el pan triste de otra de sus tardes, convenciéndose en voz alta de que los gobiernos y sus migrañas van cada vez peor. “El mundo es un dolor de cabeza incurable”. Sobre una luna austera del último piso del Jacaranda, un escolar descubre las propiedades de los eternos triángulos de Pitágoras sin la ayuda del Baldor. “Para él, aprender fue como abrir nuevas ventanas dentro de la imaginación”. La Nueva Trova retumba entre conversaciones de adolescentes que descienden de los Ficus hastiados de la música del mercado global que controla las radios comerciales. “Sin pasión humana las canciones languidecen como una danza sin melodía”.

Donde dirigía mi atención podía ver los eventos del día en que sentí por primera vez horror de mí mismo. Un sacerdote camina entre los jardines de los Nogales agotando razones para seguir creyendo que el mundo fue creado por un Dios moral, mientras un floripondio desfallece sobre su sotana. “Si Dios no existe, la Biblia es el mayor éxito literario de la historia”. Una empleada doméstica regresa a los Cedros apagando lentamente un huayno de Huanta. “La patrona mestiza aborrece el quechua porque teme que las consonantes de esa lengua telúrica arruinen su largo sueño de mudarse a un vecindario con clase social”. Una mujer de piel clara y solitaria desata su sonrisa sensual dentro de un ascensor de las Palmeras, espera que la puerta se abra en el piso prohibido según las normas de una sociedad en continuo devenir. “Ser decente es, a veces, un hábito tormentoso”. El nuevo funcionario del Banco de Crédito convoca a sus amigos a los Caobos para fumar la marihuana fraternal de los viejos tiempos que ahuyenta la insaciable competencia de las oficinas. “Temía que el reino de los cálculos por tajadas de costo-beneficio terminase devorando su espíritu”. El dueño del restaurante chino aprende a carcajadas, de su mesero, el nombre de la pastilla que lo sacara de la modorra de ese día: desahuevina. “Las palabras pueden ser una buena farmacia para los padecimientos cotidianos”. La orina corre inoportuna entre los pantalones del General que camina junto a los Arrayanes y lo hace llorar. “Parecía ser su maldición por los métodos sexuales de tortura que le valieron los elogios de un dictador”.

Más tarde, a través del intercomunicador de las Begonias, la señora Pérez me dice escueta y devastadoramente: Ruth se fue hace una hora a Sudáfrica -¿A qué playa dijo? –A ninguna playa, al país de Sudáfrica. Se fue a vivir con sus primas. Ya es muy tarde para todo. Bajo las sombras de los Olmos, tres jóvenes roqueros reciben de las multitudes que los desconocían la primera canción de la banda que llevará sus vidas por tempestades de música hasta las orillas de Nueva York. “Sus oídos percibían las corrientes ignoradas que circulaban por las calles de la ciudad”. Un niño entretiene su inocencia decapitando flores a los pies de los Arrayanes y bebiendo el néctar destinado al picaflor de la tarde. “Su cándido juego agregó una injusticia a la lista de desórdenes del universo”.

Yo había tomado una decisión cuando ya no era necesaria. Sobre las Orquídeas, un puñado de universitarios vislumbra una América Latina guevarista en la espuma de cervezas Cusqueña y el humo de cigarrillos Marlboro. En una habitación de los Eucaliptos, una mujer solloza en coreano por la madre que había muerto el día anterior en la esquina opuesta del Océano Pacífico sin haber conocido a sus nietos peruanos. “Los acontecimientos siempre desbordaron sus planes”. En una cabina de Internet del centro comercial, un joven gótico decide la suerte virtual de un universo maniqueo con la ayuda de una lógica de exterminio. La comida industrial sostiene su esfuerzo digital. “Desconocía el sabor del mar y el olor del pasto fresco, pero no el efecto de las drogas industriales”. Anochece en los Álamos y dos adolescentes frotan entre sí las manos que rendirán su primer culto a Afrodita sobre las escaleras del último piso. “Un nuevo barco lanzó sus velas sobre los vinos tibios y profundos de un río impredecible”. Sobre la cornisa de un último piso, un hombre en sus treinta mece sus pensamientos entre un callejón sin salida de deudas bancarias y el pavimento gris del Ágora; el eco de las voces y risas de niños que se evaporan sobre los techos lo hizo regresar a su habitación. “Vivir o morir es el dilema cuando vivir no es una forma de morir bien”. La televisión de cable ocupa el altar de una pareja de los Robles que sólo come y copula frente a la pantalla encendida.

Ese mismo día, yo había perdido una parte de mí que nunca había conocido. Un hombre abre la puerta de madera de su apartamento y cae de rodillas. “Después de su dedicación de una década, la empresa había prescindido de sus servicios y lo había arrojado a las leyes ciegas de la física del mercado”. Yo subo por las escaleras sombrías y vacilantes de los Pinos, beso a mis padres en casa y reconozco en secreto mi primera gran culpa ante los ojos sefardíes del retrato de Ruth; a medio pintar en una esquina de mi habitación. Mi impetuoso e irresponsable machismo había sacrificado a dos inocentes. Mi silencio la había obligado a terminar nuestra primera historia de amor con un aborto. Si yo hubiera hablado antes, las vidas de los tres hubieran sido enteramente diferentes. Yo había matado con mi silencio a mi primer retoño. Ella o él tal vez estaba destinado a ser alguien maravilloso. Me paro frente a mi ventana. Desgarrado por un horror ancestral, entrego mi sangrante herida a los brazos de la brisa marina durante toda esa noche.

La misteriosa mujer cerró el bolso con manos compasivas mirándome con su rostro inefable. Yo estaba totalmente acongojado y mareado por la visión dentro de su bolso de aquel día en el que se ejecutó el crimen que mi miedo había propiciado. Ese fue el día en que murió mi adolescencia. Ella se puso de pie: “Vas a tener una hija con Simone, ¡sígueme!”. Subió las escaleras y abrió la puerta de la biblioteca pública. A pesar de mi completa perplejidad, yo entré con ella. Me decía a mi mismo sin comprender: “Una hija, una hija, una hija, Dios mío….una hija …” Ella continuó instruyéndome: “Ahora que vas a ser padre, debes saber que el futuro abrirá más las heridas de tu pasado”. Sin mayores explicaciones, me llevó como a un niño perdido a través de enormes y pulcras salas vacías. Se detuvo en la sección de los antiguos ficheros y buscó en la sección F. “Aquí está” dijo, mientras con la mano izquierda separaba una tarjeta amarillenta y apuntaba lo escrito en ella con el índice de la derecha. Yo leí: “Fierro, Juan. Lima 1978. Paseo por San Felipe. Cuentos” Entonces estiré la mano para sujetar esa increíble ficha con mi nombre, mi ciudad y mi año de nacimiento, pero la tarjeta se fue haciendo larga, blanca, ondulada y tibia. Mientras más jalaba ese cartón, más rápido se convertía en una seda ancha, inacabable y sin ningún trazo de escrituras. Decidido a poner fin al enigma, levanté de un golpe la sábana con las dos manos y hallé el cuerpo de Simone acurrucado contra una almohada sobre su cama. Dormida, callada y ausente, relucía una belleza serena. Con delicadeza, estiré sus piernas y busqué su vientre terso. Arrebatado de temor y agradecimiento, besé con suavidad su ombligo varias veces hasta que ella sonrió con los ojos aún cerrados. Luego, aspiró profundamente y estiró el tórax mientras presionaba sus mejillas de ébano con el reverso de sus manos. Sin perder la sonrisa a ciegas, preguntó plácidamente: “Que veux-tu mon amour?” Con total convicción le dije: “Quiero contarte un cuento”.san_felipe_residencial.jpg

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6 Comentarios para “El Mapa de San Felipe”

  1. FRANK LAMBARRI dice:

    San Felipe ..un recorrido surrealista por aquellos recovecos de mi estadia en la niñez y juventud…puedo permanecer en mente .puedo fisgonear mis intereses por lo vivido por lo explorado por lo acontecido..es bueno…felicitaciones Martin.

  2. Oscar dice:

    Recien tuve oportunidad de leerlo y me parecio muy interesante Martin, yo tambien te felicito y te agradezco el hecho de transportarme a esa epoca mediante tus escritos.

  3. Beto dice:

    Excelente Martin, puedo notar que te agrada mucho recorrer imaginariamente tus vivencias que tienen mucho en común con los que corrimos San Felipe

  4. Beto dice:

    Muy buena martín, nos has hecho volar con tu relato por los lugares donde caminamos cuando adolecentes, bien hecho y congratulaciones.

  5. David dice:

    Rincones entre edificios y escaleras, secretos memorables

  6. Ani Blanco dice:

    Hola Martín. Me gustó mucho este relato, más aún cuando se sitúa en la Residencial San Felipe…. Te confieso que sentí una envidia sana (así se dice para no quedar mal, porque envidia es envidia no?), al descubrir tu excelente cualidad para la escritura, para el uso de las figuras literarias, y todo eso que quizás a algunos nos habría gustado tener. Te felicito sinceramente, y sigue en ello, pues me imagino que aún te queda por crear muchas cosas más, con éxito.

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