El Quinto Suyo

Mundo virtual del emigrante Peruano

Literatura Peruana (Segunda parte) Mario Vargas Llosa

El mes de Abril por encargo de la Biblioteca Pública de New Britain (Connecticut, USA) y para  el programa World of Words, escribí tres breves biografias de los más notables escritores peruanos contemporaneos, asi como esbozos de sus obras.La primera parte fue acerca de Cesar Vallejo,la segunda es esta nota sobre Mario Vargas Llosa y la tercera tratara de Cecilia Bustamante.

 Mario Vargas Llosa

Nació en Arequipa, Perú el 28 de Marzo de 1936.Es uno de los más renombrados autores que escriben en español.Novelista, periodista, ensayista, colabora con numerosos periódicos y revistas,ha producido para la televisión, ha escrito obras teatrales y cuenta con una película.

De pequeño emigro con su familia a Cochabamba, Bolivia, donde paso su infancia luego retorno al Perú viviendo  entre las ciudades de Piura y Lima.Estudio en los colegios católicos La Salle y Salesianos y terminó en el Colegio Militar Leoncio Prado para imediatamente trabajar como periodista.

Realizó sus estudios superiores en La Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.En 1958 obtuvó una beca que le permitió viajar a España donde estudia Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid.En 1959 publica su libro de cuentos  Los Jefes, y luego da comienzo a su meteórica carrera de escritor en él género literario de la novela hispanoamericana, con énfasis en el movimiento del realismo mágico.

Buena parte de sus novelas,que bordean la veintena,Vargas esta en constante elaboración de la siguiente,son una mezcla de hechos reales y ficticios de las diversas etapas de su vida. Donde combina magistralmente los tiempos y los personajes, los detalles y el nivel de la “realidad” llevando al lector a compenetrarse con la obra aceptando el argumento, viviendolo e incentivandolo a buscar más de sus creaciones.

Mantuvo desde muy joven la idea de ser escritor pese a todas las adversidades y con voluntad, disciplina y sobre todo placer por escribir logra triunfar y se ubica como el más famoso escritor peruano contemporáneo.

Integra el llamado Boom Literario de Latinoamérica de los años 60 junto a Julio Cortazar de Argentina, Carlos Fuentes de México y Gabriel García Marques de Colombia.

El tema de sus novelas y cuentos es una denuncia de las jerarquías sociales y raciales que existen en el Perú y Latinoamérica.

Sus novelas han sido traducidas a casi todos los idiomas del mundo. Aunque buena parte de sus obras ocurren en Perú, el lector de cualquier parte del planeta logra una identificación con su prosa, Vargas Llosa es así el novelista peruano universal como Cesar Vallejo es el poeta peruano universal.

Seria muy extenso citar todas sus obras por lo que seleccione entre sus novelas la que lo hizo conocido La Ciudad y los Perros (1963), que trata de la educación secundaria en un colegio militar en el Perú,donde las edades fluctuan entre los catorce y diecisiete años. En ella apreciamos los conflictos que se dan entre los jóvenes cadetes que pese a ser todos peruanos sufren la discriminación social ,económica y racial heredada de sus progenitores y de la sociedad entera.Estudian en un medio autoritario donde aprenden luchar cotra todos y especial contra ellos mismos Es solo por la juventud de los personajes que se logra la unión y forman un grupo humano que se defiende de la adversidad.

Entre sus obras de teatro escogí El Loco de los Balcones (1993) ,donde un quijotesco personaje(el profesor Brunelli) se dedica a salvar los balcones virreinales de una Lima que ya solo vive en sus sueños.Durante el desarrollo de la obra,Vargas nos sumerge en la ideosincracia del poblador peruano de diferentes estratos sociales y nos da unas pinceladas de su historia ,que resultan en la amalgama de caracteres que definen hoy en dia a la sociedad peruana.Sin olvidarnos,claro,del punto de vista del profesor Brunelli que siendo italiano se enamora perdidamente de Lima y sus balcones.

 

 

 

MARIO VARGAS LLOSA

 

Fragmento de su novela La Ciudad y los Perros.

 

…sin olas de Puerto Eten y escuchaba a su madre que le decía: <<Cuidado con las rayas, Ricardito>> y tendía hacia él sus largos brazos protectores, bajo un sol implacable.

—Mentira —dijo la voz—. Si no le duelen, ¿por qué esta llorando, perro?

El pensó: <<Ya terminaron>>. Pero sólo acababan de comenzar.

—¿Usted es un perro o un ser humano? -preguntó la voz.

—Un perro, mi cadete.

—Entonces, ¿qué hace de pie? Los perros andan a cuatro patas.

Él se inclinó, al asentar las manos en el suelo, surgió el ardor en los brazos, muy intenso. Sus ojos descubrieron junto a él a otro muchacho, también a gatas.

—Bueno —dijo la voz—. Cuando dos perros se encuentran en la calle, ¿que hacen? Responda, cadete. A usted le hablo.

El Esclavo recibió un puntapié en el trasero y al instante contesto:

—No se, mi cadete.

—Pelean —dijo la voz—. Ladran y se lanzan uno encima del otro. Y se muerden.

El Esclavo no recuerda la cara del muchacho que fue bautizado con el. Debía ser de una de las últimas secciones, porque era pequeño. Estaba con el rostro desfigurado por el miedo y, apenas callo la voz, se vino contra el, ladrando y echando espuma por la boca, y, de pronto, el Esclavo sintió en el hombro un mordisco de perro rabioso y, entonces, todo su cuerpo reacciono, y mientras ladraba y mordía, tenia la certeza de que su piel se había cubierto de una pelambre dura, que su boca era un hocico puntiagudo y que, sobre su lomo, su cola chasqueaba co­mo un látigo.

—Basta —dijo la voz—. Ha ganado usted. En cambio, el enano nos engañó. No es un perro sino una perra. ¿Sa­ben qué pasa cuando un perro y una perra se encuentran en la calle?

—No, mi cadete —dijo el Esclavo.

—Se lamen. Primero se huelen con cariño y después se lamen.

Y luego lo sacaron de la cuadra y lo llevaron al esta­dio y no podía recordar si aún era de día o había caído la noche. Allí lo desnudaron y la voz le ordenó nadar de es­paldas, sobre la pista de atletismo, en torno a la cancha de fútbol. Después, lo volvieron a una cuadra de cuarto y tendió muchas camas y cantó y bailó sobre un ropero, imitó a artistas de cine, lustró varios pares de botines, ba­rrió una loseta con la lengua, fornicó con una almohada, bebió orines, pero todo eso era un vértigo febril y de pronto él aparecía en su sección, echado en su litera, pen­sando: «Juro que me escaparé. Mañana mismo». La cua­dra estaba silenciosa. Los muchachos se miraban unos a otros y, a pesar de haber sido golpeados, escupidos, pinta­rrajeados y orinados, se mostraban graves y ceremonio­sos. Esa misma noche, después del toque de silencio, na­ció el Círculo.

Estaban acostados pero nadie dormía. El corneta acababa de marcharse del patio. De pronto, una silueta se descolgó de una litera, cruzó la cuadra y entró al baño: los batientes quedaron meciéndose. Poco después estalla­ban las arcadas y luego el vómito ruidoso, espectacular. Casi todos saltaron de las camas y corrieron al baño, des­calzos: alto y escuálido, Vallano estaba en el centro de la habitación amarillenta, frotándose el estómago. No se acercaron, estuvieron examinando el negro rostro con­gestionado mientras arrojaba. Al fin, Vallano se aproxi­mó al lavador y se enjuagó la boca. Entonces comen­zaron a hablar con una agitación extraordinaria y en desorden, a maldecir con las peores palabras a los cadetes de cuarto año.

—No podemos quedarnos así. Hay que hacer algo —dijo Arróspide. Su rostro blanco destacaba entre los muchachos cobrizos de angulosas facciones. Estaba colé­rico y su puño vibraba en el aire.

—Llamemos a ése que le dicen el Jaguar —propuso Cava.

Era la primera vez que lo oían nombrar. «Quién?», preguntaron algunos; «¿es de la sección?».

-Sí —dijo Cava—. Se ha quedado en su cama. Es la primera, junto al baño.

—¿Por qué el Jaguar? —dijo Arróspide—. ¿No somos bastantes?

—No —dijo Cava—. No es eso. Él es distinto. No lo han bautizado. Yo lo he visto. Ni les dio tiempo siquiera. Lo llevaron al estadio conmigo, ahí detrás de las cuadras. Y se les reía en la cara, y les decía: «¿Así que van a bauti­zarme?, vamos a ver, vamos a ver». Se les reía en la cara. Y eran como diez.

—¿Y? —dijo Arróspide.

—Ellos lo miraban medio asombrados —dijo Cava—. Eran como diez, fíjense bien. Pero sólo cuando nos lle­vaban al estadio. Allá se acercaron más, como veinte, o más, un montón de cadetes de cuarto. Y él se les reía en la cara; «¿así que van a bautizarme?», les decía, «qué bien, qué bien».

—¿Y? —dijo Alberto.

«¿Usted es un matón, perro?», le preguntaron. Y en­tonces, fíjense bien, se les echó encima. Y riéndose. Les digo que había ahí no sé cuantos, diez o veinte o más tal vez. Y no podían agarrarlo. Algunos se sacaron las co­rreas y lo azotaban de lejos, pero les juro que no se le acercaban. Y por la Virgen que todos tenían miedo, y ju­ro que vi a no sé cuántos caer al suelo, cogiéndose los huevos, o con la cara rota, fíjense bien. Y él se les reía y les gritaba: «¿Así que van a bautizarme?, qué bien, qué bien».

—¿Y por qué le dices Jaguar? —preguntó Arróspide.

—Yo no -dijo Cava—. Él mismo. Lo tenían rodeado y se habían olvidado de mí. Lo amenazaban con sus co­rreas y él comenzó a insultarlos, a ellos, a sus madres, a todo el mundo. Y entonces uno dijo: «A esta bestia hay que traerle a Gambarina». Y llamaron a un cadete gran­dazo, con cara de bruto, y dijeron que levantaba pesas.

-Para qué lo trajeron? —preguntó Alberto.

—¿Pero por qué le dicen el Jaguar? —insistió Arróspide.

—Para que pelearan -dijo Cava—. Le dijeron: «Oi­ga, perro, usted que es tan valiente, aquí tiene uno de su peso». Y él les contestó: «Me llamo Jaguar. Cuidado con decirme perro».

—¿Se rieron? —preguntó alguien.

—No -dijo Cava—. Les abrieron cancha. Y él siem­pre se reía. Aun cuando estaba peleando, fíjense bien. —¿Y? —dijo Arróspide.

—No pelearon mucho rato –dijo Cava—. Y me di cuenta por qué le dicen Jaguar. Es muy ágil, una barbari­dad de ágil. No crean que muy fuerte, pero parece gelati­na, al Gambarina se le salían los ojos de pura desesperación, no podía agarrarlo. Y el otro, dale con la cabeza y con los pies, dale y dale, y a él nada. Hasta que Gamba­rina a dijo: «Ya está bien de deporte; me cansé», pero todos

vimos que estaba molido.

—¿Y? —dijo Alberto.

—Nada más —dijo Cava—. Lo dejaron que se viniera y comenzaron a bautizarme a mí.

—Llámalo —dijo Arróspide.

 

 

 

Fragmento de su obra teatral  El Loco de los Balcones

 

EL VIEJO ESPLENDOR

El Rímac, en la Lima de los años cincuenta.

El barrio, corazón de la vida virreynal en el si­glo XVIII, es ahora un distrito popular, de viejas casas convertidas en tugurios y conventillos que parecen hormigueros. Hay cantinas violentas, llenas de borra­chos y gentes de mal vivir, y placitas recoletas y des­moronadas donde cuchichean las beatas y dormitan mendigos que huelen a pis. Las esquinas hierven de vagos y los faroles han sido pulverizados por pedra­das de palomillas. Entre el presente de muros lepro­sos y fachadas descoloridas, aceras rotas y techos a medio encofrar, asoman, aquí y allá, huellas del ex­tinto explendor: iglesitas cuarteadas por los temblo­res, de altares churriguerescos; ventanas de hierro forjado; balcones con celosías; torrecillas moriscas; calles de piedras sin desbastar y esqueletos de man­siones convertidas en mercados, pensiones o comisa­rías cuyos huertos han degenerado en descampado y muladar.

El Rímac es un barrio forajido, ruinoso, mosquien­to, promiscuo, muy vital. En sus arrabales se confi­naron los esclavos libertos en el siglo XIX y fue, en­tonces, famoso —como, antes, por sus palacios, carro­zas, alamedas y conventos— por sus fiestas de ritmos africanos, sus brujerías y supersticiones, sus hábitos morados, sus procesiones, sus orgías, sus duelos a cuchillo, sus serenatas y sus lenocinios. Aquí nació el criollismo y la mitología pasadista de Lima. Y, también, el vals criollo de guitarra, palmas y cajón; la replana, esotérica jerga local, la variante zamba de la marinera y la lisura, en sus dos acepciones de pa­labra malsonante y gracia de mujer.

Al Rímac vienen todavía, huyendo de la respetabi­lidad, los burgueses de la otra orilla del río hablador, a pasarse una noche de rompe y raja con morenos y mulatas. Cantan valses de la guardia vieja, bailan marineras, beben mulitas de pisco, pulsan la guitarra y tocan el cajón. En octubre, durante la feria, los domingos y otros días de corrida, no sólo la plaza de Acho, todo el barrio recobra por unas horas su pro­tagonismo y tradición.

Ahora es el amanecer y el Rímac duerme, en una oscuridad tranquila, interrumpida por maullidos de gatos rijosos. Humedece el aire esa lluviecita invisi­ble de Lima, la garúa.

Mal alumbrado por el farol de la esquina, dando prestancia a un muro encanallado de inscripciones, hay un balcón. En él, entregado a extrañas manipula­ciones, se divisa a un viejecillo enteco y ágil, vestido a la manera de otros tiempos.

Al fondo de la calle, andando despacio para no perder el equilibrio, aparece la silueta de un bo­rracho.

Se acerca, canturreando.

 

AL PIE DE UN BALCÓN MUDÉJAR

BORRACHO

¡Ayayayay! ¡Caaanta y no llooores! Porque, can?

taaando… Jesús, qué es esto. ¡Los diablos azules! Pero si sólo nos tomamos una botellita con mis primos. ¿O serían las mezclas de cerveza y pisco? Me habían dicho que uno ve ratas y cucarachas y esto parece más bien un viejito. Oiga, usted no es una pesadilla sino un cristiano de carne y hueso ¿cierto?

PROFESOR BRUNELLI

Buenas noches, amigo.

BORRACHO

¿Qué busca trepado en ese balcón, se puede saber? Esas travesuras se hacen de muchacho, no a sus años. Usted está subido ahí ¿no? ¿O son los diablos azules?

PROFESOR BRUNELLI

Es una percepción exacta de la realidad. Estoy en la barandilla de este balcón, efectivamente. Trepé aquí sin ayuda de nadie.

BORRACHO

Estará usted más borracho que yo, entonces.

PROFESOR BRUNELLI

El último trago que tomé fue una copita de Chian­ti Classico, un vinito de mi tierra, hace la friolera de cuarenta años. Desde entonces, sólo agua y jugos de fruta.

BORRACHO

¿Se puede saber qué hace ahí? ¿Para qué amarra esa soga? No me diga que se va a robar a una mucha­cha, descolgándose con ella en sus brazos.

PROFESOR BRUNELLI

Ya veo que ha leído Romeo y Julieta.

BORRACHO

Leído, no. Vi la película. (Pausa.) Ese balcón esta­rá comido por las polillas. Ahorita se viene abajo y quedará usted como mazamorra, don.

PROFESOR BRUNELLI

Es fuerte como una roca, a pesar de los doscien­tos diecisiete años que acaba de cumplir. De madera de cedro, traída a Lima desde Nicaragua. Nos puede resistir a los dos juntos. ¿Quiere hacer la prueba?

BORRACHO

Ni de vainas. Estaré borracho pero de tonto no tengo un pelo. ¿Tiene doscientos diecisiete años ese vejestorio?

PROFESOR BRUNELLI

Y algunos meses, aunque no podría precisar cuán­tos. El modelo vino de Sevilla. Del taller del maestro Santiago de Olivares y Girondo, cuyos dibujantes di­señaron la mayoría de balcones coloniales de Lima. Y los de Arequipa, Trujillo, Ayacucho, Huancavelica, Cusco y Cajamarca. Pero, permítame aclararle algo, amigo.

BORRACHO

Diga, nomás.

PROFESOR BRUNELLI

Aunque los planos venían de allá, usted buscaría en vano, en Sevilla o en toda Andalucía, un balcón parecido a éste.

BORRACHO

¿Está burlándose de mí? ¿A qué viene ese dis­curso?

PROFESOR BRUNELLI

A que este balcón, aunque concebido en España. es más peruano que usted y más limeño que santa Rosa de Lima. ¿Se da cuenta?

BORRACHO

Usted parece más loco de lo que creí. ¿De qué tendría que darme cuenta?

PROFESOR BRUNELLI

De que lo esencial no fueron los planos, ni los arquitectos sevillanos, sino los ejecutantes. Los car­pinteros, los ebanistas, los talladores de aquí. Ellos lo crearon, con sus manos, con su espíritu y, sobre todo, con su amor.

 

BORRACHO

Debo tener diablos azules, sí. Son las cinco de la mañana, hay neblina, no queda un perro suelto en las calles. Y usted, trepado en ese balcón ¡hablando del espíritu de los carpinteros!

PROFESOR BRUNELLI

Los esclavos africanos y los artesanos indios que cortaron, labraron, pulieron y clavaron estas maderas en el XVII, en el XVIII, en el XIX, volcaron en ellas lo mejor que tenían. Y su espíritu quedó impregnado en las tablas.

BORRACHO(Tratando de hacer un chiste para disimular su confusión.)

¿Impregnado como el olor a pipí que me quedó en el cuerpo de esa cantina muerta de hambre a la que me arrastraron mis primos?

PROFESOR BRUNELLI

Probablemente, ni se daban cuenta. No advertían que, al materializar esos dibujos sevillanos, los alte­raban. Cambiándoles el semblante y la personalidad.

BORRACHO

¡Jajajá! ¡El semblante y la personalidad de los balcones! Esto se pone chistoso, don.

PROFESOR BRUNELLI

Infundiéndoles una vida propia.

BORRACHO

¿Los balcones, una vida propia?

PROFESOR BRUNELLI

Quien tiene ojos para ver, lo puede ver. Yo lo veo. Cuando descubro los mensajes que los peruanos de entonces nos dejaron en estas tablas, me parece dia­logar con ellos. Verlos, estrecharles la mano.

BORRACHO

¡Ya sé! Usted es un rosacruz. Conocí a uno, hace tiempo. Veía mensajes en las nubes, en las piedras. Se las pasaba hablando con las almas. ¿Es usted un rosacruz, don?

PROFESOR BRUNELLI

Soy profesor de historia del arte. Y he dado, tam­bién, clases de italiano.

BORRACHO

Bueno, bueno, siga con su cantaleta. ¿Qué mensa­je dejaron esos fulanos en los balcones?

PROFESOR BRUNELLI

Su cultura. Lo hicieron con tanta astucia que sus amos no se dieron cuenta. No lo habrían permitido. Y mucho menos los inquisidores, si hubieran adivina­do que en estos balcones quedaban huellas de las idolatrías que creían haber extirpado.

BORRACHO

Me está dando usted todo un sermón. ¿Y para qué amarra ahí esa soga, se puede saber?

PROFESOR BRUNELLI

¿Un sermón? No, una charla. Di decenas, en cole­gios, iglesias, clubs, casas particulares. Enseñando a la gente que el pasado es tan importante como el futuro, para un país. Decenas de decenas. Mis oyen­tes solían quedarse como usted. Cierre la boca, ami­go, no se vaya a tragar una mosca.

BORRACHO

La verdad es que ando despistado, don. ¿Es usted sabio o le falta un tornillo? Yo sólo veo unas tablas despintadas, llenas de telarañas.

PROFESOR BRUNELLI

Hay que mirar a los balcones con el mismo amor con que fueron fabricados. Entonces, las yemas de los dedos, acariciando su superficie, identifican las creencias de sus constructores. Los peces y las conchas que insinuaron los artesanos del litoral. Las es­camas de serpientes, los colmillos de pumas, los es­polones y picos de cóndores que incrustaron en sus pilastras y dinteles los ebanistas de la sierra. Los cuernos, medialunas, soles radiantes, estelas, tótems que escondieron en sus molduras los esclavos nostál­gicos del África.

BORRACHO

¿Hay todas esas cosas en los balcones cochambro­sos de Lima?

PROFESOR BRUNELLI

Sugeridas, aludidas. Basta un poco de sensibilidad para notarlo. ¿No se han ganado por ello el derecho a la existencia?

BORRACHO

Por qué grita, abuelo.

PROFESOR BRUNELLI

¿No tenemos la obligación de defenderlos? ¿De atajar a esos especuladores sin cultura y sin moral que quieren destruirlos?

BORRACHO

Vaya, ahora me riñe. ¿Yo qué le hice, caballero?

PROFESOR BRUNELLI

Me exalté un poco. Le pido disculpas.

BORRACHO

¿Sabe que habla como si los balcones fueran per­sonas?

PROFESOR BRUNELLI

Están vivos. Ni más ni menós que usted y yo.

BORRACHO

¿Me puede decir ahora qué amarra ahí? No esta­rá pensando en ahorcarse, ¿no?

PROFESOR BRUNELLI

No se preocupe por mí.

BORRACHO

¿No tiene frío ahí arriba? Un catarro a sus años podría ser fatal, don.

PROFESOR BRUNELLI

Estoy bien abrigado, gracias.

BORRACHO

Yo, en cambio, me muero de frío y de sueño. Así que, a casita, a enfrentarse a la Gertrudis. ¿Puedo hacer algo por usted?

PROFESOR BRUNELLI

Nada, gracias. Pero por este balcón y sus herma­nos, puede. Alertar la conciencia pública. Explicar que destruirlos es una traición a esos ancestros que, desde el fondo de los siglos, nos miran y nos juzgan. Hágale ese servicio a su país, amigo.

BORRACHO

No quiero que me tiren piedras ni que me pongan una camisa de fuerza. Un consejo, antes de irme. No se ahorque. A pesar de todo, la vida vale la pena. Se lo dice alguien con el que esta ciudad de mierda ha sido muy ingrata. Y, sin embargo, aquí estoy, sacan­do el pecho y dando la pelea. Adiós, don.

Se aleja, con andar vacilante, en el amanecer todavía sin luz. En el tenue silbido del viento se insinúa el estribillo del Himno de los Balcones. Sus compases y algunos ladridos de perros madrugadores quedan como música de fondo, mientras el profesor Bru­nelli, distraído un momento del nudo que hace en la soga, fantasea, recuer­da y dialoga con una ciudad fantasma.

 

 

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3 Comentarios para “Literatura Peruana (Segunda parte) Mario Vargas Llosa”

  1. Carlos dice:

    Hola, ustedes los peruanos tienen en Vargas Llosa una persona iluminada para las letras, te envuelve en sus lineas y te transporta con sus ambientes. muy duro y crudo por momentos. se merece hace tiempo un Nobel, pero como dicen se metio en politica y eso no lo perdonan los que toman desiciones.
    un admirador de Mario Vargas Llosa
    Carlos

  2. Pablo dice:

    Carlos gracias por su comentario,sí así es,Vargas Llosa merece hace años el Nobel,pero sin duda un premio más grande que este ya le ha sido entregado por los millones de lectores alrededor del mundo que han leído su obra,los que la leen ahora y las futuras generaciones que lo leeran.Ellos le han otorgado el premio de la trascendecia que es lo mejor que le puede pasar a un escritor que dice:
    “El escritor siente intimamente que escribir es lo mejor que le ha pasado y puede pasarle,pues escribir significa para él la mejor manera posible de vivir,con prescindencia de las consecuencias sociales,políticas o económicas que puede lograr mediante lo que escribe.”

  3. Omar dice:

    Hola Dante! Muy interesante lo escrito, continuare leyendote, escribe a mi mail

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