El Quinto Suyo

Mundo virtual del emigrante Peruano

Pasajeros no deseados avancen

por @ 10:50 am en septiembre 15, 2008. Tags: , , , ,
Archivado bajo Crónicas y viajes

En todo viaje existen los pasajeros y los hay de todo tipo. Yo los tuve o los experimenté creo todos. Cuando se habla de ellos uno puede recordar la letra de la canción de Hombres G “Marta tiene un marcapasos, que le anima el corazón…Marta tiene un pasajero en su corazón, en su corazón”.

En el avión, no faltan quienes sólo quieren comer y dormir y para su suerte escogen el asiento junto al pasillo, con lo cual hacen difícil la movilidad de los otros pasajeros. Ellos se adueñan del espacio, de los respaldos para los brazos, dejan prendida las luces, la pantalla del televisor con alguna película o por sus movimientos vuelven a prenderla, pero su sueño no cambia. Lo peor viene cuando otro pasajero quiere salir y debe despertar a su vecino para pasar y sentir sus piernas otra vez en movimiento. Los que quieren dormir en un vuelo ya vienen preparados: tapones para el oído, tapa ojos, almohada inflable que rodea el cuello, mantita para los pies y piernas, pastillas y almohadilla que se pega al asiento o si les toca la ventana a ella. Hablan poco, vienen ya con cara de sueño y los vecinos de asiento, que no duermen, deben recibir de la aeromoza los audífonos, los sanguchitos entre otros, para el bello o bella durmiente. En cambio, los que comen y duermen, creo, esos son los peores.

Vuelo a Lima en KLM. A mi izquierda se sienta un coreano-chino-japonés, en síntesis un jalao, un mira ojos oblicuo, un chinito de risa. Pruebo comunicarme cortésmente con él en inglés: nada, no funciona. Pruebo en holandés: nee, niet. Ya me canso y le hablo en castellano, peor. Me sonríe. Me muestra su celular con mil funciones y con caracteres que no logro descifrar, parecen sonidos del Pinyin, el alfabeto fonético chino, solo escucho y sonrío.

 

Llega la aeromoza con los primeros piqueos, unos manis, agua y jugos. También juegos para los pequeños. Mi vecino de asiento se los come tan rápido, mientras yo decido guardarlos. Se quita los zapatos. Tiene pies gruesos, algo planos y … huelen a mariscos, a un sudado de conchas, con camarones, algas y rayas más. Es un impacto a mi noble nariz. Se arrecuesta sobre su pequeña almohada y ya. No está pensando, está durmiendo y lo delata un ligero zumbido que sale de su boca. Pucha digo, si es así al comienzo cómo serán las 11 horas que quedan ¿? Miro a mi hija. Ha caído sedada por el olor marino.

Es de día en el avión y lo será todo el viaje, porque vamos en contra del movimiento rotatorio de la tierra y llegaremos a Lima en la tarde. Miro a los pasajeros algo levantada desde mi asiento medio. Muchos quieren dormir y buscan sus mejores posiciones, se abrigan con la frazada que ofrece la línea aérea, se machucan en el asiento en posición de yoga, otros curvan la espina dorsal y en posición fetal encuentran el descanso. No faltan los que no pueden controlar la cabeza y como porfiados van de un lado al otro del respaldo del asiento. Pero los que más llaman la atención son los que no conocen espacios. Se estiran, se doblan sobre los brazos de los asientos y sus cabezas cuelgan hacia el pasillo. “Sorry” dicen los miembros de la tripulación y los mueven y ellos vuelven a su mismo lugar, como si no hubiera pasado nada. También hay que destacar a los que han aprendido a comportarse: respetan su sitio y se duermen así tan tranquilos que originan dudas en sus vecinos de asiento sobre si están vivos o no.

 

En el tren es otro cantar. Según las distancias uno goza los viajes. En los cortos ni siquiera nos desvelamos por un asiento, donde hay uno vacío es perfecto, claro siempre y cuando sea de la clase escogida: primera o segunda. En los viajes largos hay que ver si van jóvenes o no, pero ¿por qué? Porque estos jovencitos (pucha que sueno a tía de 40 no?) escuchan su música en los iPOD tan fuerte, que hasta en el tercer asiento adelante de ellos es posible escuchar sus canciones.

También hay que prestar atención a los “ejecutivos”, quienes aparecen con sus maletines negros, su pelo engominado, churrísimos, pero (sí, siempre hay un pero hasta en los muñecones que uno aprecia por este lado del mundo) pueden conversar por celular todo el trayecto, sin inquietarse por el espacio y silencio de los demás pasajeros. Antes cuando no sabía ni “j” de holandés, no me importaba, pero ahora que este dichoso idioma ocupa una parte de mi cerebro, es imposible o casi imposible, que mis neuronas se queden quietas y no transmitan conversaciones ajenas. Estos pasajeros pueden recibir o llamar en un trayecto de una hora decenas de veces. Por supuesto, no despegan una mano de la portátil (no de la que los ministros y presidentes peruanos utilizan para recibir aplausos en sus reuniones, sino las laptop por si acaso) y con la otra o con el hombro agarran el celu y siguen la conversación. Si por si acaso se topan con uno de estos y observan que tiene en su oreja una especie de audífono con colita negra o plateada, de seguro que no dejará de hablar todo el día. Así que puede ubicarse en uno de los vagones que tiene en sus ventanas escrito “Silent o Stilte”, allí casi nadie lo perturbará.

Un dato: no siempre hablan de negocios o de trabajo. Tuve la suerte o mala suerte diríamos (depende de qué lado se pongan) de escuchar una ruptura amorosa, un quite, un choque y fuga… y me impresionó. Ya ni siquiera esto lo hacen como gente normal.

Los indeseables. Pero los peores pasajeros del mundo son aquellos que uno jamás se puede imaginar, ni siquiera se le pasan por la mente que están allí, piel a piel, pegados o instalados felices, gozando de la temperatura corporal y alimentándose de nuestra propia vida. Me refiero por ejemplo a las pulgas. Estoy segura que una de ellas se pegó en mi jean, quizás en el aeropuerto o en el baño y saltó feliz hacia otro destino, ni bien se saturó de mi sangre. Las pruebas saltaron a la vista cuando llegué al otro extremo del mundo y por más que busqué no encontré nada. El daño estaba consumado.

Sin embargo, no me puedo quejar, mi allien fue realmente un santo frente a otros indeseables. Como fue el caso de mi prima Aura, quien de vacaciones por Rumania comió todo lo que pudo de rica fruta, quesos, ensaladas (todo por mantener su peso original) y cuando menos se dio cuenta, los tenía allí, a sus pasajeros indeseables, que lograron lo que ninguna dieta hizo maravilloso efecto, bajar como 5 kilos. Pero este remedio le costó dos semanas de dolores estomacales, temblores, calambres y unas corridas al WC que me imagino, no fueron nada agradables. Su doctora le diagnosticó Giardiasis, ¿qué cosa es eso? Simplemente microorganismos que viven en aguas contaminadas y que pueden estar en las verduras y frutas mal lavadas, sobre todo en países donde el tratamiento del agua es dudosa. Esto me parece tan conocido y ¿a ustedes?

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Un comentario para “Pasajeros no deseados avancen”

  1. Carlos dice:

    Que buen relato Patty. Realmente entretenido. A mi me toco viajar una vez por cerca de 4 horas detras de una madre de unos 75 anhos, y su hijo de unos 40. El hijo sonreia descabelladamente y miraba de reojo hacia atras, cada vez que su anciana madre liberaba flatos que nos hacia poner los ojos chinos y la cara azul al evitar aspirar semejantes vientos que habian visitado intestinos delgados y gruesos antes de enardecer el aire que nos rodeaba. :oops:

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