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Abuelo Negro y Abuelo Blanco

por @ 4:15 pm en julio 25, 2008. Tags: ,
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Nicolás Guillén (1902-1989) representó la Negritud poética cubana. En el prólogo del poemario Sóngoro Cosongo (1931) expuso sucintamente su tesis sobre la identidad nacional: “…el espíritu de Cuba es mestizo”. En este mismo poemario, Guillén se encargó de subrayar el legado africano, el lado negado y oprimido de este mestizaje, para postular el proyecto de reconciliación étnica del pueblo cubano: “Algún día se dirá: ‘color cubano’. Estos poemas quieren adelantar ese día”. Guillén consideró que la afirmación de la tradición africana era un paso decisivo, primero, para romper con las creencias y prácticas coloniales; y segundo, para alcanzar una identidad nacional propia con justicia social. Poco después, en el poemario West Indies, LTD (1934), Guillén extendió su preocupación étnico-política a toda la región de las Antillas. Al igual que en Cuba, Guillén vio en la supervivencia de relacionales raciales coloniales y en la intervención del imperialismo eurocéntrico (estadounidense, inglés o francés) en la región el mayor obstáculo para la liberación de los pueblos antillanos. La siguiente poesía proviene de este último poemario:

Balada de los dos abuelos

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco!

Africa de selvas húmedas
y de gordos gongos sordos…
–¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
Aguaprieta de caimanes,
verdes mañanas de cocos…
–¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
Oh velas de amargo viento,
galeón ardiendo en oro…
–¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
¡Oh costas de cuello virgen
engañadas de abalorios…!
–¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
¡Oh puro sol repujado,
preso en el aro del trópico;
oh luna redonda y limpia
sobre el sueño de los monos!

¡Qué de barcos, qué de barcos!
¡Qué de negros, qué de negros!
¡Qué largo fulgor de cañas!
¡Qué látigo el del negrero!
Piedra de llanto y de sangre,
venas y ojos entreabiertos,
y madrugadas vacías,
y atardeceres de ingenio,
y una gran voz, fuerte voz,
despedazando el silencio.
¡Qué de barcos, qué de barcos,
qué de negros!

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Don Federico me grita
y Taita Facundo calla;
los dos en la noche sueñan
y andan, andan.
Yo los junto.

–¡Federico!
¡Facundo!   Los dos se abrazan.
Los dos suspiran.   Los dos
las fuertes cabezas alzan;
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan, sueñan, lloran, cantan.
Sueñan, lloran, cantan.
Lloran, cantan.
¡Cantan!

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