Corocochay
Así llamábamos a los pueblitos sin nombre, a los que no aparecían en el mapa del Instituto Nacional Geofráfico, a ellos a los que solíamos visitar sin previa invitación oficial. Llegábamos incluso en la madrugada, sin importarnos que en alguno de esos caminos nos parara SL. Esa fue mi vida de los 20, caminé y caminé, conocí todo lo que pude porque sabía que después de algunas decenas de años ya no se podría maltratar tanto al cuerpo. Hoy lo compruebo así con un dolorcillo de la rodilla y codo derechos que me hacen sonreír por lo gozado.
Tengo grabado en mis neuronas los olores de la sierra peruana: la sopa de cordero, el orégano silvestre, la madera añeja quemándose en alguna cocina serrana, donde no existen ventanas y el olor y humo se mezclan dándole ese “no sé qué” a la comida sencilla campesina. ¿Cuántas latas de atún me acompañaron en estos viajes? Ya perdí la cuenta, pero se sazonaban bien con algún limón que siempre se conseguía, cebolla picadita y alguna hierba de por allí.
Las cocinas eran los mejores lugares para dormir en aquellos pueblos que no tenían alojamiento, porque toda la noche se mantenía el calor de las cenizas. Una vez, camino hacia Olleros, un pueblo de alfareros, situado en las alturas del departamento de Lima, debimos detenernos en Tres Ventanas, una familia muy amable nos brindó algunas habitaciones y la cocina. No se imaginan lo bien que se duerme sobre un pellejo de vaca curvado, que parecía una hamaca con piel, y el mullido sleeping. La verdad que fue una de las mejores noches que se durmió en esta caminata. Al día siguiente improvisamos una ducha, en la esquina del huerto, un plástico, un balde con agua fría y alguien echando el agua desde arriba. Después de este baño la sensación del frío se fue.
Nuestro destino era Olleros y parecía fácil llegar, pero la caminata duró más allá de lo esperado y solo las estrellas fueron nuestras luces en la noche super oscura. No se veía donde uno pisaba, pero ibamos de bajada por lo cual estábamos seguros que pronto, muy pronto llegaríamos a algún lugar para descansar.
Así entre paso y paso, adivinando el terreno, fue que divisamos la entrada, un gran arco de cemento (al día siguiente con la luz solar nos daríamos cuenta de que había una gran olla de barro encima de ese arco, señal que los identificaba) y unas pequeñas luces, era la linterna del alcalde que por la hora y los ladridos de los perros, salió a mirar a los recién llegados. Nos brindó un cuarto y allí las bolsas de dormir se acomodaron lo mejor posible. La noche estaba fresca y el cuarto tenía sólo medio techo y se podía apreciar el cielo limpio, que dejaba ver las estrellas y sus formaciones. Pero el cansancio pudo más y sólo los fuertes rayos del sol nos alejaron de los cómodos sleepings. Conocimos el pueblo, ubicado en una pendiente cuyos límites eran barrancos profundos. Era domingo y los jóvenes jugaban fútbol y nos llamó la atención una gran bolsa con pelotas en el límite de la cancha, después alguien nos contó que en cada partido se pierden muchas pelotas, porque se iban río abajo y ni modo, nadie se atrevía a bajar la pendiente para recojerlas.
Luego del desayuno portentoso con sopa, papas con queso y su respectivo choclito buscamos cómo descender de Olleros hacia Lima. El camino se veía bastante difícil y varias personas del grupo ya no daban para 8 horas más de caminata. Muchas veces en estos viajes he sentido la presencia de Dios, a veces como coincidencias. Esta vez en la tienda donde comprábamos nuestras botellas de agua, apareció Don Lucio, el “acopiador”, así lo llamaban, porque se encargaba de comprar de todo por donde le tocaba pasar. Sin mucha introducción le preguntamos si iba para Lima y dijo que sí, que su destino final era Chilca (eso sonaba a civilización) y que por un precio cómodo nos llevaba en la parte trasera de su camioneta. No lo pensamos dos veces. Partimos como a las 10 de la mañana sin imaginar la ruta por la que pasaríamos. El camino estaba rodeado de vacíos y en varias curvas preferimos bajar para que la camioneta pudiera pasar con facilidad sobre los dos tablones de madera que hacían de puente. Todo era inclinado. Era una montaña difícil y las curvas y vueltas venían y venían. Nuestra primera parada fue en un pueblo donde Don Lucio buscó a varias personas que ya tenían listas sus entregas. Entre nosotros comenzaron las apuestas para adivinar que eran los productos. Nadie pudo dar con las entregas. Se trataba de cochinilla, el animalito que se cría en las hojas de las pencas y que se convierte en una mancha blanca, que es recogido por las personas, secada al sol y que finalmente es utilizada como colorante natural en las industrias alimentarias y farmacéuticas. También recibía miel de abeja de todos los colores dorados que jamás hubiéramos pensado existían.
Así fue nuestro viaje de regreso, entre paradas, conversaciones con los campesinos del lugar, alargar las piernas, buscar un baño o lo que se le parezca, comprar unas galletas o una sopita al vuelo. Don Lucio meticulosamente apuntaba en su cuaderno la cantidad, calidad y el “a cuenta” que le daba a las personas en el camino. A eso de las 5 de la tarde llegamos a Chilca, luego de tres días de aventura por las alturas del departamento de Lima.




















en Mayo 14th, 2008 a las 6:13 am
Tu anecdota se parece a la mia .. trabaje hace 4 anios en una empresa hidroelectrica , y estaba en el area de proyectos y estudios para la expansion electrica y mi trabajo era realizar mapas y trazos para la instalacion de torres electricas de transmision ..
y en mi periplio de investigacion me vi en la necesidad de pasar por N lugares a veces no aparecian en los planos .. muchos de esos pueblos con nombres quechuas y otros nacidos en agradecimientoa un ilustre del pueblo.
A veces me preguntaba por que la gente se iba a vivir tan lejos o tan alto ,, o fuera de la civilizacion .. pero siempre obtenia la respuesta al amanecer .. al ver un riachuelo helado rompiendo el cerro para seguir su curso hacia abajo .. o un grupo de pajaros cantando . vacas rumienda a las 8 de la maniana esperando que las ordenien por que desde las 5 am ya habian comido ..la leche salia casi hirbiendo
el olor a lenia y realmente el olvido de todo .. sin computadoras , ni internet ni saber si hay plata para la hipoteca o para el carro .. solo es sembrar .. esperar a quede fruto y jugar con tus hijos mientras se oculta el sol .. para volver a empezar