New York es una de esas ciudades donde uno puede sentir que se halla frente a un espejo del mundo; no sólo por los más de 100 idiomas y costumbres que conviven en sus calles, sino también por lo extremas que son sus clases sociales que van desde el indigente que duerme en los túneles del subsuelo hasta el millonario que atraviesa la ciudad en limosina propia. .
Uno puede entrar a esta ciudad caleidoscópica por diferentes puertas. Ninguna será igual a la otra. El 15 de marzo entré, casi sin mayor premeditación, cruzando el río Hudson por el puente Washington. Un extremo del puente se apoya en Port Lee, que es un atractivo barrio surcoreano en New Jersey, y, el otro extremo, en Washington Heights en el alto Manhattan, New York. Estando en el alto Manhattan, decidí caminar por la avenida Broadway desde la calle 178 hasta la calle 116, donde está el campus central de la Universidad de Columbia. En este tramo de más de 60 esquinas llenas de tiendas tuve la intensa sensación de haberme transportado a algunas islas del Caribe. Era la tarde de un sábado y las calles rebalsaban de gente de todas las edades que hablaban en español, espanglish, creol e inglés. Algunos habían colocado sobre las veredas sus propias sillas y equipos de música para hablar con mayor comodidad y “a calzón quitado” (como diríamos en Perú). La gente hablaba con un volumen alto como si estuviese ejecutando una obra de teatro. Pero aquí no había guión ni dramaturgo, sólo el deseo humano de sociabilizar con buen humor una tarde de fin de semana; tal vez para aliviar así la dureza de una ciudad donde el éxito y el fracaso pueden ser igualmente trágicos. Bachatas, merengues, cumbias, boleros, salsas y hasta chichas acompasaron mi caminata. Algunos pequeños grupos deslizaban algunos pasos de baile para entretenerse.
No vi ningún restaurante peruano, pero si muchos restaurantes donde se ofrecía “pollo a la brasa” en medio de otros que anunciaban comida dominicana, puertorriqueña, mexicana, española y china. Hasta encontré una elegantísima universidad puertorriqueña, el Boricua College. En medio de la velocidad de la ciudad, la gente fue extremadamente atenta a mis preguntas en español. Respondían sin olvidar los mínimos detalles, como si me cuidasen para que no me perdiese. Si alguien está estudiando inglés para ponerlo en práctica en su próximo viaje a New York, no elija pasear por la avenida Broadway en el alto Manhattan, este es el lugar perfecto para quienes desean aprender a hablar español.
Lo único preocupante ese sábado por la tarde fue un sonido semejante al de una explosión que provino de algún lugar de Manhattan. Lo escuché cuando regresaba en el autobús a la altura de la calle 130. Luego, por los noticieros me enteré que se trató de la caída de una grúa tan alta como 19 pisos que se estaba utilizando para construir un nuevo edificio en el bajo Manhattan a la altura de la calle 2. Lamentablemente, en su caída, la grúa destruyó cuatro edificios y mató a 4 personas, aunque la búsqueda de más víctimas continuó por varios días.
Yo creo que en mi viaje a NY (que espero sea este año) pasarré por la Ave. Broadway ya que mi inglés está recontra machacado. Además por lo que describes me parece un lugar interesante para conocer la experiencia migratoria en búsqueda del sueño americano y compararla con el viaje de retorno que hacemos los latinos a España.
Saludos.
Supay
Yo creo que NY siendo cosmopolita no tiene un sentido autentico de ciudad. La muchas naciones que se integran entre comercio y el exito hacen que sea un lugar para visitar varias islas en un mismo lugar
David