He despertado en el Nuevo Año en medio de una tierra que duerme bajo sábanas de nieve y hielo. Hasta hace seis años, los años comenzaban radiantes, cálidos y festivos y yo solía ir en busca de la energía de un mar de multitudes en el primer día del año. Desde que vine a Massachusetts, los años comienzan con días grises y breves (a las 4:30pm comienza a anochecer), con temperaturas bajo cero grados centígrados y con calles desoladas.
Dejé Lima para venir a Amherst, por muchas razones. La más breve y convincente fue “para estudiar un postgrado”. Pero en realidad, nadie con una familia asentada durante siglos en un territorio cambia de país por una sola razón. La lista de razones puede alcanzar varias docenas. Creo que la más contundente fue la incertidumbre laboral en que vivía. Con una esposa y dos hijos, tenía que agotar todas las posibilidades de sobrevivir con mayor dignidad. Por razones como esas, dejé el valle del río Rimac y vine al valle del río Connecticut. Desde que llegué, he vivido en Massachusetts, nombre indígena que significa “lugar de las altas montañas”; con mayor precisión radico en Amherst, pueblo donde hay 60,000 habitantes, la mitad de los cuales son estudiantes universitarios. En Amherst, todos los mendigos que he visto se pueden contar con los dedos de las manos y ellos son exsoldados del ejército estadounidense, drogadictos, dementes o una mezcla de los anteriores.
Desde mi departamento en la Universidad de Massachusetts, trato de observar el 2008 y solo puedo ver una página vacía y blanca como la nieve que me rodea. Aun estoy ciego frente a los próximos doce meses o el 2008 nos ofrece un cheque en blanco. Quisiera que este sea el año de la justicia y reconciliación del Perú y del mundo, pero la historia casi siempre marcha en el sentido opuesto de mis deseos. Creo que es de pésimo gusto comenzar el 2008 con pesimismo. Pero es difícil ser optimista y, a la vez, vivir informado a través de las secciones internacionales de los medios de información. Felizmente, vivo en una villa de más de 200 departamentos ocupados por una mayoría de estudiantes de todos los continentes y creo que tengo el extraño privilegio de conversar con gente de distintos pueblos. Son esas conversaciones, muchas de ellas casuales, además de las conversaciones con mis compatriotas, las que alimentan gran parte de mi fe en que la humanidad, tarde o temprano, aprenderá a respetar la dignidad de todos los seres humanos.