Arre costado sobre mi pupitre, como cada mañana , con esa pereza quien solo sabe el alumno que no sabe que hace ahí, solo para escuchar de muertos, guerras casi ganadas, injusticias, raciales, sociales,, económicas, pero no se habla de injusticias genéticas, en fin. Ahí arres costado imaginando un pan con atún que iba a comer luego del monologo. Entro , a clase un hombre alto, no fornido, de cuerpo pero si de temple, lentes telescópicos, ( ciego, pobre) mirada seria autoritaria, seguro de sí mismo, total un grupito de imberbes, que pueden saber de historia, si se escribe con h” con ”j” de jodido. Soy el profesor Merino, me dicen loco, pero aun no lo estoy, y su cara se torno en una mueca, no si de risa, nauseas o quizás estaba con diarrea. De pronto me miro, claro yo primero en la fila, agazapado, envuelto en mis propias carnes, me dijo ” Y tu quien eres, ¿qué haces aquí?, (yo menos sabia que hacia ahí) aquí hay alumnos y tu pareces más un gato, echado, más bien un “gato gordo”, para que decir que la clase estallo en risa y yo en diferentes colores y calores. Gato Gordo “apodo que me acompañara y acompaña (con mucho orgullo) aun después de 30 años, me siguió cuando cambie de colegio pues por ahí se conocían los maestros, se corrió cuando algún amigo se hizo conocido de algún despistado. La cosa que gato Gordo quedo, y quedo solido firme e inamovible,. La explicación simple, estaba echado en la carpeta entre mis rollizas carnes, abrligadito, con sueño y mi ronroneo arrullaba a más de un gatito, como no ser un Gato Gordo, y los años, la amistad con el maestro que de loco tenía mucho y sabiduría mas, me sobro para aceptar mi nombre, con orgullo. Aun después de tantos años a veces me cuesta firmar Javier E. o simplemente “gato”, pues aun ronroneo cuando tengo sueño y maulló cuando quiero escuchar “Quien gano la batalla de Chorrillos carajo”.
a mi querido Loco Merino, (gato gordo)